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Category Archives: ponencias

¿Cuál ilustración?

La historia a la baja en el país de los que eran valientes.

“A lo inobjetable, no le pasa en realidad nada”

(Theodor Adorno, Dialéctica negativa)

1

Naturalmente las palabras cambian al cambiar los idiomas en las que se habla. A veces sólo cambia el sonido, pero por lo demás hay identidad. Creo que las palabras equivalentes a “mesa” en casi todos los idiomas sólo significarán “mesa”.

No ocurre lo mismo con palabras que no suponen una referencia tan directa. Las palabras con las que denotamos conceptos muchas veces apuntan en principio a situaciones, objetos u acciones triviales, distintas de aquello que su concepto encierra.

Lo que en alemán llaman die Aufklärung aparece en un diccionario alemán-español de bolsillo como “aclaración, ilustración, clarificación”. Valga apuntar que no hablo alemán. Pero por lo leído es claro que con esa palabra se apunta a aquél período histórico que solemos identificar como “ilustración”. Al mismo en inglés le he visto ser llamado “the enlightenment”, algo así como “la iluminación” -entendida como substantivo, no como acción-, y en francés como “les lumières”, las luces, giro recogido en el título de la novela de Carpentier.

No es un problema tal dispersión siempre y cuando sepamos todos que hablamos de lo mismo. Por lo que cabe preguntarse si realmente, todos hablamos de lo mismo. Más de un texto se ha escrito intentando clarificar qué es la ilustración, pero a efectos de esta exposición me referiré -en la primera parte- sólo a tres textos y dos autores.

En 1784 a pedido de un periódico Immanuel Kant escribe “Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?”. Es un texto bastante bien conocido al día de hoy, en el que se habla de la Ilustración mientras ésta está ocurriendo.

En 1983 Michel Foucault en su curso en el Colegio de Francia da una clase cuyo texto luego se editara en mayo de 1984, y que fuese recogido en castellano en el libro “Saber y Verdad”, en el capítulo “¿Qué es la ilustración?” en 1991, pero que en su lengua original se conoció bajo el titulo de “Un curso inédito”. Otro texto de 1984, fue por su parte, publicado en inglés, y sólo se conoció en francés en 1993, también bajo el nombre “¿Qué es la ilustración?”

Esta precisión, que me resulta molestamente puntillosa, es relevante en este tiempo de lecturas distribuidas electrónicamente, ya que muchos pueden haber conocido sólo uno de ambos textos. Los mismos se hallan claramente emparentados, con aspectos que alguien más atento a la reseña podrá detenerse a comparar y determinar. Yo los usaré como si fuesen un único material, ya que resulta al leerlos bastante claro que provienen de una misma etapa en la reflexión de Foucault; porque que en ambos hay aspectos importantes no tratados en el otro; y porque no hallo que entre ambos se de ningún contrasentido que haga inoportuno tal uso.

Lo interesante para nosotros en este momento es observar que cuando Foucault elige titular “¿Qué es la ilustración?” no está simplemente tomando un tema a tratar, sino que se está estableciendo en un territorio conceptual a compartir con Immanuel Kant, La interrogación así se despliega desde un siglo hasta otro, y pasando por encima de todo un siglo completo, como si éste estuviese intocado.

Pero también hay una consideración posible desde la geografía, desde Prusia hasta Francia, desde un estado que ya no existe, a uno que aún sí. Y si consideramos que Königsberg es hoy Kaliningrado en Rusia, desde una ciudad que ha cambiado su nombre y pertenencia nacional, hasta otra que se ha mantenido en la misma centralidad. De tal modo el tiempo y el espacio muestran cómo se continúa y quiebra constantemente y en distintos niveles la situación de la reflexión.

Por todo eso al enterarme de la existencia de este coloquio que se plantea cuál sería el interés hoy de la lectura de Foucault, salto mentalmente hacia estos dos artículos, lo que de algún modo muestra una artificialísima continuidad voluntaria. Porque tal salto pone en manifiesto una dislocación mayor: hacia un país sudamericano y hacia el siglo XXI. Pero además hacia un país en dónde se ha establecido entre sus tradiciones un cierto tipo de mandato hacia algo llamado Ilustración.

Cabe preguntarse pues si más allá de las palabras en distintos idiomas, lugares y momentos hay algo en común a ser tratado, o si el concepto se ha ido transformando al punto de volverse imposible tal consideración.

Esto nos plantea considerar la relación entre un cierto concepto y aquello que lo dota de realidad, entendida esta como la cualidad de lo real. Todo concepto no es sino una negación de lo real, que en la misma medida cuanto establece un vínculo fructífero con lo negado, se dota de realidad. Ello ocurre por una ruptura radical del entendimiento. La acción es la que impone el dato inefable, que el entendimiento en vano intentará decir, y que al decir negará la acción en la acción de decir e imponiendo la pretendida eternidad de los nombres. Por esto toda consideración exclusivamente conceptual nunca será capaz de superar al mero idealismo.

Pero un concepto dado, cualquiera que sea, resulta de una producción histórica concreta, físicamente situada, y responde en todo caso a multitud de influencias que no son ni conceptuales, ni intelectuales, ni racionales. La racionalidad de todo lo real no es sino la constatación de que todo lo real es susceptible de ser explicado después de acontecido en términos racionales.

Tal constatación sin embargo lleva de sí que también ha de considerarse que ningún concepto puede realizarse -esto es, dotarse de realidad- sino mediante la negación de lo conceptual. Tal negación consiste en el abandono del entendimiento por la acción, entendida no como la acción de uno que actúa, sino como una producción histórica, social, colectiva.

La concreción histórica de los conceptos nunca se da en forma aislada, sino imbricada en su situación histórica concreta, en una cierta producción de sentido, en una cierta producción de afirmaciones específicas. Tal cosa, condena de antemano la posibilidad de la generalización absoluta, y establece los limites de la verdad en la situación considerada.

Pero a su vez la producción de generalidad de los conceptos es una cierta producción específica de sentido imbricada en producciones específicas de afirmaciones. En tal sentido la generalización gana su partida: los conceptos tienen en su naturaleza proyectarse en una generalización como si sus resultados fuesen absolutos. Se dotan de una justificación que en tal sentido que parte de la propia realidad que cada de uno de ellos detenta, y que entre todos busca lograr una seducción de coherencia o de eficacia lógica.

Pero para luego existir, habrá de ir a un juego de idas y vueltas. Y otra vez, ningún concepto existe sino en tanto que contenido histórico en una producción de afirmaciones y sentido históricamente concretas. Por ello el concepto se desgarrará nuevamente, puesto en el paso de sí a una realidad que sólo puede reafirmar en tanto sea fructífero para lo real que lo niega.

Para el caso, intentemos comprender qué es lo que se entiende por la ilustración en la obra de Kant que consideramos. Y lo podemos ver, sin mucho esfuerzo y apenas la lectura de la misma comienza, cuando se nos dice que la Ilustración ha de ser comprendida como una llegada de la humanidad a una adultez, a una mayoría de edad. Esto ocurre en la medida que los hombres no afirmen ciegamente la verdad de los mandatos que se les realizan, sino que piensen por sí mismos, que practiquen un “atreverse a saber”.

Es importante aclarar que Kant diferencia entre un uso público y uno privado de la razón. El segundo es el que hacemos en tanto seres responsables en una comunidad, sometidos a reglas que posibilitan su funcionamiento. En tal caso, hemos de cumplir lo que se nos mandata, no importando la opinión que de ello tengamos. Pero el uso público de la razón supone que más allá de tal acatamiento hemos de poder ser libres de expresar nuestra opinión sobre la conveniencia o no de los mandatos que debemos cumplir.

Foucault elige justamente trabajar desde y hacia el texto kantiano, ya que le asigna un valor relevante. Para él la Ilustración tiene que ver con dos cosas que se imbrican. Por un lado una peculiar forma de reflexión, una problematización del presente, en la que se establece la novedad que es propia de la modernidad. A diferencia de otros tiempos históricos en los que la reflexión del presente lo que hacía era ubicarlo en alguna perspectiva teórica previa, la ilustración o modernidad lo que hace es construir desde esa problematización su perspectiva teórica. Por otro lado, en la existencia de un ethos filosófico, que habitaría una dimensión limítrofe de la actitud filosofante, dejando de lado planteos trascendentales en pos de un desarrollo genealógico acometiendo su estudio mediante una arqueología.

Ello implica una renuncia al planteamiento de una generalización que permite las explicaciones más inclusivas, de mayor nivel de generalidad, pero no implica una conformidad con los límites sino un intento constante de sobrepasar dichos límites. Se plantea así una cierta “ontología de la actualidad”, como una forma de hacer filosofía en la que Foucault se ubica a sí mismo junto a Hegel, la Escuela de Frankfurt, Nietzche y Weber.

Dos cosas más destaca Foucault que son relevantes de anotar. En la consideración de la Revolución realizada por Kant, lo relevante no es la valoración de esta, sino la valoración de que existe una cierta concepción colectiva, una cierta “simpatía” por ciertos postulados que implican ver ciertos procesos y cambios como mejoras. De ello se sigue la existencia de criterios que evidencian algo que ha sido, es y será, cumpliéndose así la exigencia de una continuidad que posibilita un progreso continuo. Al destacar tal cosa Foucault busca de algún modo enmarcarse en el elogio a lo no revoucionario que se halla de positivo en la revolución que establece el prusiano. Por tanto este primer destaque tiene que ver con una afinidad. Y el segundo destaque y para nada menor, tiene que ver con una ajenidad: mientras Kant hablaba de la “humanidad”, Foucault nos habla de Europa.

La ilustración es un fenómeno de la historia europea, nos dice. Y en este encuentro en que nos hallamos y que se pregunta por la relevancia que asignamos en leer al francés, creo que este es el momento en que debiéramos asumir un nuevo giro.

2

El 26 de mayo de 1816 se completaban los trabajos que le habían sido encomendados a Dámaso Antonio Larrañaga para la formación de una biblioteca pública que sería posteriormente transformada en nuestra Biblioteca Nacional. Al completarse, desde su cuartel general en Purificación, José Gervasio Artigas saludó el logro haciendo que el santo y seña del ejército oriental fuese la frase “Sean los orientales tan ilustrados como valientes” desde el día 30 del mismo mes.

En general la frase ha sido repetida y oída como “sean los orientales tan instruidos como valientes”. Eso dicho en un país que aún no había conocido la reforma educativa vareliana, y continuaba aplicando castigos corporales para educar, y en el que campeaba el más hondo analfabetismo. Pero también después que dicha reforma ocurriese y precisamente reforzando el contenido de instrucción a ser inculcada tal mandato continuó repitiéndose.

Las voces de los actores capitalinos que podían escribir su juicio sobre la sociedad del siglo XIX en estas tierras, planteaban un problema central, el de la pacificación de la territorio, y llegada la ocasión vinculaban con la violencia al analfabetismo. Mas hoy uno debiera preguntars si, ¿era tal analfabetismo una “tara” nacional? ¿Era un signo de algo que se podía desarrollar y que no se había desarrollado? ¿O era la respuesta natural y lógica a una cierta forma de relación entre las formas sociales y económicas que habían en ese momento? Si la tercera fuera la respuesta, ¿cómo interpretar lo que en aquél momento era esa sociedad y cómo las transformaciones sucesivas que la misma fue viviendo?

Cuando Artigas propone ese santo y seña, no estamos aún en la incipiente industrialización, no es necesario que todo gaucho cuente al menos con un rudimento de escritura para que cumpla con sus tareas. Pero de igual modo en Kant no se exige que todo prusiano se atreva a saber, sin que por ello deje de proponerse tal lema. Aquí se postula una instrucción que por ahora, no está planteada sino para algunos.

Pero su desarrollo y continuidad en nuestra historia luego va cobijando primero a la generalidad de los hombres bajo su propuesta, y luego incluso a las de las mujeres. La ilustración entendida como instrucción se convierte en un programa nacional: “sean” es una clave oculta en su misma extrema visibilidad.

La palabra “valiente” proviene de una raíz latina que implica que algo tiene un cierto valor. De algún modo se está implicando que los orientales, tienen en sí un valor tal, que el ser ilustrados de forma y en cantidad análoga sería algo positivo.

Por el contexto histórico, podríamos suponer el valor como arrojo físico en la guerra, algo que se compadece muy bien de aquella sociedad a la que algunos estudios recientes llaman de “bárbara”, palabra que si bien me parece desacertada, he de reconocer que permite un primer acercamiento bastante efectivo.

Pero mientras se pasa de una sociedad en la que la ilustración en tanto instrucción es para algunos, y el valor un despliegue de coraje físico demostrado por los más, a una nueva sociedad en la que la instrucción se generaliza y el despliegue físico se retrae, se sostiene el sean como eje constante, programático de nuestra historia.

Hay una dimensión programática de mandato colectivo, aceptado y asumido en tal frase, una aceptación de un recuerdo de lo que debía ser, de lo que es y de lo que deberá ser. Las condiciones que se reclamaban a la visión kantiana de un cierto algo cuya continuidad pueda sostenerse y ser un indicativo de progreso. Para el caso de ellos era esa simpatía por los principios en la revolución, los que operaban en la sociedad europea, y para el nuestro será ese mandato a la instrucción.

Más ahora cabe recordar que Foucault nos decía que la Ilustración era un fenómeno europeo, mientras que Kant lo presentaba como propio de la humanidad. ¿Lo que estamos enfocando en qué perspectiva nos pone?

¿Es de algún modo la instrucción una forma de comprensión de la actualidad problematizada de forma tal que su concepción se convierta en constitutiva de una etapa histórica? No. ¿Es esta instrucción algo que impulsa un ethos filosófico que permite una ontología de la actualidad que interroga por los límites desde una ubicación en los mismos? Tampoco.

Dejemos de lado el punto de vista de Foucault, busquemos a Kant. ¿Supone la instrucción reclamada una “mayoría de edad” de los orientales? Para nada, los mismos siguieron reflexionando, con arreglo a moldes y modelos que les llegaron desde las figuras de la autoridad del conocimiento europeo, con algunas pocas excepciones que en busca de originalidad lograron no hacer escuela.

No hallamos entonces una forma de mostrar que de ningún modo halla habido algo así como una Ilustración entre nosotros. Se podría hablar de un cierto fenómeno con parecidos, aunque lleno de diferencias, pero su consideración va más allá de los límites que aquí nos proponemos.

Más aún, nuestra peculiar forma de vivir una cultura europeizante pasa por la sumisión al mandato de ser lo que no somos. Sean ilustrados, como un sean europeos.

No implica esta observación que justifique salir a la búsqueda de un indigenismo pintoresquista o absurdamente imaginativo, que recoge cualquier recuerdo inconexo para postular desde él afirmaciones injustificadas. Se trata sí de reconocer que en estas tierras existió una sociedad indígena, que se produjeron movimientos de tales pueblos a lo largo de miles de años, y que la llegada de los europeos impuso la cancelación de la cultura y de los grupos humanos preexistentes. Los que seguían cambiando y moviéndose hasta su etnocidio. Incluso los esclavos africanos se incorporan en una situación similar, mediante la destrucción sistemática de su identidad como sociedad y del grueso de su cultura.

Las supervivencias que ocurren, muchas de las cuáles son luego elaboradas y brindan riqueza artística, culinaria o toponímica, no dejan de ser supervivencias en el seno de la aplanadora, no europea, sino europeizante.

Así, lo que podemos afirmar es que no vivimos una ilustración en el sentido europeo, ni como una cierta postura ante la historia y su concepción, ni como la construcción de un ethos filosófico, ni como un hacerse cargo de la propia razón.

Pero sí tenemos que reconocer que esa misma aplanadora europeizante nos impone los mandatos culturales europeos: tenemos que atrevernos a saber, tenemos que problematizar el presente para desde él configurar una comprensión de nuestra historia, tenemos que dotarnos de un ethos filosófico renovado.

Pero al estar todo ello determinado desde la propia razón de la imposición, mal podrá ser una ilustración sino que se constituye en una negación de la misma.

Esto nos permite entender mejor varios de los fenómenos que hemos vivido en tiempos recientes. Para empezar como nuestra realidad política marca la abolición de la historia, entendida en este texto y de aquí en más como una asunción crítica de un presente desde el que configurar la comprensión del mismo, del pasado y del futuro.

Distintos actores políticos han propiciado en tiempos recientes discursos centrados en cosas tales como la “vuelta de la página”. Tal cosa ya no es, tristemente, patrimonio exclusivo de la derecha, sino que ha comenzado a fermentar en la propia izquierda. La “vuelta de página” supone un dejar atrás la historia como textualidad que da cuenta de lo acontecido, y para ello apela no a razón alguna, sino fantasías de lo irresoluble -esto no se arregla hasta que estemos todos muertos- o a la emoción como sustituto de la razón -no quiero ver presos a los viejitos.

El recurso de sustituir la historia por el mito tiende sus raíces hasta el propio Platón. En el mismo, el mito es fuente de verdad, siempre que sea un mito conocido y anclado en la tradición. Por eso Platón apela a sacerdotes egipcios u otras fuentes como sustento del mito. Quitando lo accesorio, podríamos decir que la sustitución de la historia por el mito supone la sustitución del uso del propio entendimiento para ser conducido desde la autoridad, bajo el cubierto respaldo que el texto de la autoridad proporciona.

Así se deja de lado si hubo o no una historia de abuso y violencia estatal, si se persiguió por conscientes fines políticos a personas que no habían cometido delito alguno, ni habían atentado contra ninguna figura institucional -la inmensa mayoría de los torturados, encarcelados, exiliados, desparecidos y muertos no integraban organizaciones cuya táctica pudiera ser usada como pretexto para una represión policial en manos militares. La historia se oblitera, la sociedad deja de tener así una concepción de su historicidad.

Y de igual modo a como la historia es anulada, la filosofía es anulada, en la absurda impostación de la misma hecha por el presidente desde el uso inadecuado de un espacio radial y de foros internacionales, cultivando y permitiendo hacer que su prédica inconsistente y cuasi religiosa pase por discurso filosófico.

La presencia en los medios de precisamente el primer mandatario, lo transforma de mandatario en oráculo, en realizador -en aquél que determina la realidad de lo dicho. Y asumiendo tal puesto reafirma y confirma el valor de toda expresión mediática.

Un proceso iniciado hacia la derecha con Chicotazo, corona así la entronización de una versión de izquierda mística que termina siendo servicial a la expertecnia. Porque lo propio del expertécnico es la inmersión en discursos disciplinares que suponen la eliminación de la historia y la sumisión a una liturgia burocrática y académica.

La propia imposibilidad decretada por el mandatario mistificador a través de un personero legislativo de anular la Ley de Caducidad, terminó en la resolución de una ley que traslada a decisiones técnicas si los casos se anularían o no. La posibilidad política es cancelada e impuesta la posibilidad técnica, cancelando la resolución histórica, ya que desde Hegel para acá sólo la historicidad puede dar cuenta de lo político.

No habiendo filosofía sino pensamiento religioso, mal podrá haber una ontología de la actualidad o un pensar los límites desde los límites mismos.

Lo peor es que el otro criterio propuesto para entender una “era de ilustración”, esto es una en la que se llega a la “mayoría de edad” también está amenazada. El llamado “plebiscito de la baja” no hace sino implicar una situación en la que so pretexto de castigar para imponer una autoridad que a través del temor garantice un cierto orden, por la aplicación de castigos para adultos a los menores, lo que hace en realidad es borrar la diferencia entre el mayor y el menor.

Yendo a contrapelo de lo dicho en la constitución, papel muerto cuando su defensa es insuficiente al igual que en 1973, el castigo se convierte en el centro de la pena, abandonada la pretensión de reeducación. El castigo, físico, corporal, de privación de libertad, surge de la necesidad pautada por los medios informativos que afirman, contra toda evidencia documental, que los culpables de los delitos son menores.

Es que tales medios lo que hacen es ubicarse como principio. Legitimada su voz por el mandatario, comparten el rol oracular, y determinan la percepción de lo que no es como si fuera. Ante la invención del protagonismo de los menores como agentes del peligro, lo que se hace es castigar a los mismos como si no lo fuesen. Reiteran y trasladan lo que no es como si lo fuese.

Pero al imponer el mito por el que los menores dejan de ser tales, como ya dije, lo que se hace es borrar la diferencia entre la adultez y la minoridad. Tal anulación, nos iguala bajo una autoridad que se reifica al ejercer el castigo. Y en tal situación, no habiendo ya adultez, no puede accederse a la misma.

Entre nosotros aún no ha alumbrado ninguna claridad. Y tal vez no halla que buscarla, ni en las tierras de perenne oscuridad, de las sociedades tradición perdida, ni en las tradiciones conservadas pero ajenas, que nos sostienen en una lectura pasiva de la instrucción del otro que sabe.

Dejar las historias míticas por el conocimiento histórico, el castigo como mandato social por una sociedad que se haga cargo de sus mandatos y posibilitar una reflexión propia performativa de nuestros futuros, son aspiraciones que necesitan hoy de todo el valor que podamos dar cuenta.

Guillermo Uria

Montevideo, 6 de marzo de 2014

Leído en el marco del Coloquio ¿Por qué leer a Foucault? realizado en el IPA, el 8 de marzo

últimas correciones, 9 de marzo


Bibliografía

Por razones de actitud hacia la vida, la política y la filosofía, hace tiempo ya tomé la decisión de no escribir utilizando los sistemas de aparato erudito al uso en la academia. Ello no implica el dejar de reconocer los numerosos préstamos, influencias, contrapuntos y confrontaciones, que todo pensamiento expresado supone. Valga la presente bibliografía como un indicativo, no exhaustivo de algunas de las obras que estaban en mi mente en el tiempo de concebir y escribir esta ponencia.

Foucault, Michel,

¿Qué es la ilustración?, publicado en el volumen Saber y Verdad

¿Qué es la ilustración?, publicado en la revista Magazzine Littéraire

Vigilar y Castigar

Las palabras y las cosas

Arqueología del Saber

Kant, Immanuel

Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración?

Crítica de la razón práctca

Prolegómenos a toda metafísica del futuro que deba ser presentada como ciencia

El conflicto de las facultades

Adorno, Theodor

Dialéctica Negativa

Dialéctica de la Ilustración (con Max Horkheimer)

Hegel, GWF

Fenomenología del Espíritu

Viscardi, Ricardo

Guerra en su nombre

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La Voz que Arma

Ilusión y realidad en el la libertad mediada

Una reflexión a partir del cese de RCTV

imprenta a la derecha y a la izquierdaEn fechas recientes en Venezuela el gobierno canceló la concesión a RCTV, con lo que se generó una intensa discusión pública internacional. Una posición en esa disputa ha contrapuesto la libertad de prensa, con la autoridad que la restringe; mientras que en otra se presenta el deber del Estado velando sobre los contenidos que se brindan, enfrentado a los intereses de ciertos particulares y su intención política.

Bien vista, la libertad de prensa no puede homologarse a la libertad de expresión. Aquella es una libertad de los que tiene el dominio o propiedad de un medio de prensa, mientras que ésta es un derecho ciudadano.

No pudo existir, por cierto, la libertad de prensa antes de la invención de la misma. Así cuando en el período que nos han enseñado a llamar Renacimiento aparecen las imprentas, surge la exigencia de que lo impreso en las mismas sea liberado de los controles del Estado y de la Iglesia. En ese momento de la historia, la imprenta está en manos de algunos habitantes de las ciudades, y comienza por producir Biblias, en los días en que las guerras de religión estaban en Europa a la orden del día.

Ahora bien, los principios de la imprenta eran ya de mucho tiempo atrás conocidos por los chinos, quienes no la llevaron en ningún momento a convertirse en un sistema de “tipos móviles” cómo el que se planteó en Europa. Una explicación posible es que cualquier alfabeto europeo se compone de unos pocos caracteres, mientras que la lengua ideográfica china está dotada de un número mucho mayor.

Sin embargo, por vasta que la colección fuese, no sería infinita. Así, la posibilidad de la creación de la imprenta estaba ahí. Debemos entonces preguntarnos porqué en esa China que se hallaba en la avanzada técnica no surge la imprenta, cómo sí lo hizo, por ejemplo, la pólvora.

La respuesta es que en Europa, durante el transcurso de las “luminosas edades oscuras”[1] se había desarrollado una clase social que se hallaba disputando en forma creciente espacios de poder en la sociedad feudal: la burguesía. Para ésta, la existencia de los libros impresos, fue en un primer momento la necesidad de contar con un arma ideológica con la que enfrentar al Papado y al Imperio.

Será más adelante que desde el siglo XVII que aparecerán los periódicos, publicaciones en un comienzo distribuidas a suscriptores, y que poco a poco irán cobrando importancia. Pero aún no hemos llegado a ello.

La imprenta, invención técnica, fue posible sólo porque existía una necesidad social a la que responder. Sin ésta no hubiese existido o hubiese sido un mero juguete, una curiosidad entre las chucherías de algún reyezuelo.

La imprenta, la prensa, reclamaba ser libre, esto es, reclamaba la libertad para la clase social que en ella veía una herramienta que posibilitaba su desarrollo.

Es por ello que digo que la libertad de prensa no es otra cosa sino una libertad de clase. Esto nos permite entender la naturaleza del mensaje ideologizado que brindan los medios de comunicación. Este mensaje, incluso tras la máscara de la más ubérrima libertad, se constituye a partir de una censura perenne, fruto de esa visión sesgada.

Es que así cómo la libertad de prensa se reclama tal ante la censura de los poderes de la Iglesia y del Rey y se constituye por eso mismo en la natural antagonista de aquellos poderes. Lo que niega el poder en una sociedad feudal se convierte en la negación afirmada en una sociedad burguesa. Así no podrá ser esta libertad otra cosa sino la afirmación que niega a su vez las voces que el desarrollo de la historia traerá a cuento en una siguiente etapa.

Para conseguir su reinado, la libertad de prensa necesita una justificación que la legitime. Se presenta entonces como una voz que controla, revela, difunde, informa. Todo ello en beneficio de una parte del todo social, al que se presentaba como si fuese íntegramente éste. Recordemos que el pueblo llano, rara vez sabía leer.

Así que para el burgués en siglos recientes, no aparecerá contradicción alguna entre la libertad de prensa y la libertad de expresión a secas. La libertad de prensa no es sino la libertad de su expresión.

Pero según se difunde el conocimiento de la lectura, comienza a hacerse obvio que la libertad de prensa implica de sí siempre y en todo caso, una opción interesada, un juego parcial en una dinámica política específica.

Por más que los iniciales movimientos socialistas –en el sentido más amplio e inclusivo– del siglo XIX utilizasen de imprentas[2], y por más que la profesión de “imprentero” haya dado dirigentes a esas actividades, prontamente será el Estado Burgués el que deberá silenciar las prensas de la nueva clase que comienza a desenvolverse bajo los cielos erizados de chimeneas. Sin embargo, mejor aún que el silenciar prensas, será el utilizar la propia, como forma de presentar una interpretación de los hechos, que la legitime ante quién es controlado.

Ahora podemos decir que la libertad de prensa se revela en una libertad que controla, no ya al que está en el poder, sino al que lo disputa. No es ya una libertad que difunde, sino que transmite una interpretación alienante. No es ya una libertad que informa, sino que es una herramienta de desinformación. La sociedad que lee, es ahora una sociedad en la que se revela a la libertad prensa para evitar se rebele en busca de libertad.

Cómo en la danza de ilusión de las mitologías indias, la libertad de prensa esclaviza al atar al mundo aparente, el mundo de un discurso que no va a lo que las cosas son. La ilusión de las cosas, es la ilusión de cómo se nos muestran como cosa, lo que no es sino palabra vana.

La ilusión de libertad sacrifica la libertad de expresión a favor de la libertad de prensa. Esta ilusión es lo virtual como falsa visión, contrapuesto a su vez con lo virtual cómo poder de lo real. El imperio de las miradas oculta la lámpara, incluso si está encima de una mesa, ya que para ver no se depende de mirada alguna, sino de los ojos en sí.

Llegados a nuestra actualidad, la prensa ya no refiere al papel, sino que lo hace al tubo hogareño que nos señala “que es” el mundo que es. La fetichización, como proceso central en la dinámica de una sociedad capitalista, conduce en último término a la fetichización de la imagen, que se convoca a sí misma, como realidad última.

Y no se trata sólo de mostrar o decir algo que no es lo que es, sino que incluso se puede constituir en expresión alienante alentando la desemantización de lo que es, trivializándolo, o asociándolo con otras formas de vacuidad.

La potencia del órgano, es silenciada por la voz que lo invoca, para negarlo. El órgano sin embargo puede hacerse cargo, expresándose, autoenunciándose, siendo boca que se dice.

Porque hasta ahora hemos visto como se constituye la forma de negación de la libertad de expresión que es la libertad de prensa. Ahora pasaremos a ver cómo puede esto dejar de ser así.

Virtual se dice recientemente, de aquello que no siendo real, aparece cómo tal[3]. Virtual, se decía anteriormente, de la imagen de la cosa que se constituía en el espejo. La realidad de la antigua virtualidad se reconocía irreal en la inversión de su derecha y su izquierda. La realidad de la actual virtualidad se reconoce en la negación de la virtud de lo real.

La virtualidad de los espejos era un simple artilugio para vernos, era un elemento que posibilitaba la reflexión de la luz. La virtualidad del mundo actual es la cancelación de la luz refleja, en pos de la luz emitida. La realidad de la emisión conlleva la fetichización de la imagen[4] como forma plena de la sujeción actual a una ilusión, esto es como negación real de la realidad[5].

Tomemos ahora brevemente por otro camino.

Desde siempre el pensamiento ha sabido ocuparse de diversas cosas. Desde las más usuales hasta las más ajenas a la experiencia cotidiana. Y ese ejercicio del pensamiento llevó también a pensar en el propio pensamiento. No como un juego de lógica vacía, sino bajo la forma de la reflexión.

El pensamiento que se mira en el espejo, la reflexión, puede al verse a sí mismo objetivarse. No importa la inversión de izquierda y derecha, esto simplemente es identificado y corregido por el entendimiento: el pensamiento reflexivo supera lo meramente formal, llevado de la significación, de la semántica de lo pensado.

Pero esa identificación de lo semántico en la imagen refleja, sólo es posible por la experiencia que nos lleva a tocar en lo real lo inverso a lo virtual, reconocido como tal. Así reflexión y práctica se hermanan, y posibilitan que el que se refleja se reconozca fuera del espejo, y utilice la reflexión como herramienta para decir de sí.

Este decir de sí, semánticamente cargado, es lo que llamo autoenunciación, entendido como praxis liberadora.

El mundo de la imagen fetichizada es –en el mejor de los casos– el mundo de la muda sintaxis, de la inversión virtual. Y en los casos peores, el de la plena sujeción a una imagen vuelta cosa.

La virtualidad se niega mutuamente con el poder virtuoso. Este es el poder que surge de la praxis liberadora, de la autoenunciación, de la reflexión y la práctica aunadas. Es el que lleva de sí la necesidad de la sociedad a ejercer su derecho a la libre expresión, más allá de los intereses de los dueños de los medios.

En el contexto de una sociedad en proceso de cambio, en el que se comienzan a cuestionar los privilegios de clase, naturalmente los medios se constituirán en la voz y conciencia de las clases dominantes, e intentarán revertir lo real en ilusión.

Pero este enfrentamiento, como todo el resto de la lucha de clases, no se da en el puro vacío de una ponencia académica. Se da en sociedades reales, históricas. Las sociedades de la modernidad se constituyeron en sociedades Estatales, como forma de institución principal, que permitía una síntesis de las fuerzas actuales y vigentes en la misma.

Afirmaré –y no más que eso, ya que tratar este tema excedería lo que me propongo en este trabajo– que todo Estado es la expresión de la síntesis política en una sociedad dada. Incluso la transmodernidad lo que hace no es acabar ni debilitar al Estado, sino modificar las bases sobre las que este opera.

Una sociedad en la que el pueblo[6] avanza en el desarrollo de una praxis liberadora, llegará a apropiarse del Estado, y esto lo constituirá en síntesis autoenunciadora. Muy por el contrario, un estado autoritario, orientado a satisfacer los intereses de clase de los poderosos, se constituirá en una síntesis silenciosa.

Así como la libertad de prensa, en tanto libertad de las burguesías, nace negando la autoridad feudal, para afirmar su libertad y de ahí a negar la libertad de expresión como libertad del pueblo que no es burgués; la libertad de expresión se constituye como negación de la libertad de prensa, y a partir de ahí afirma la autoenunciación popular.

Toda sociedad que cuente con un Estado que actúa como síntesis autoenunciadora, será una sociedad en la que el Estado tendrá el deber de aceptar o no las versiones desplegadas en los medios.

Dicho poder no se constituirá en uso autoritario, siendo ese Estado autoenunciación en la sociedad que lo constituye. Sólo se podrá llegar a ello en tanto se recorra un camino de profundización democrática que permitirá esa praxis liberadora colectiva. Ese reconocimiento de lo que es izquierdo o derecho, incluso en lo reflejo, por la semántica que implica.

Esta profundización no será ajena a conflictos. La sociedad sin conflictos no es sino parte de esa ilusión, de lo que no es y se presenta como siendo. Pero la crítica que arma, es la crítica de esa reflexión en la que la propia voz se constituye en pueblo armado.

La ilusión de los que se dicen silenciados -usada como poderosa arma contra aquellos a los que históricamente silenciaron-, es negada por el nuevo poder en la voz que arma a los que ahora dicen de sí creando su propia historia.


[1] Es el título de un libro de Carlos Antonio Aguirre Rojas, que explica en términos marxistas la transición desde la Antigüedad Clásica al Medioevo, del Esclavismo al Feudalismo. Me pareció oportuno traerlo a colación para enfatizar la “luminosidad” y dinamismo de la sociedad feudal, cuando justo hablo de su transición a la sociedad capitalista.

[2] Lenin incluso en el comienzo del siglo XX propone en “Que hacer” la tarea de un periódico partidario de alcance nacional. Hay que comprender que no lo promueve por ser un medio de prensa lo propuesto, sino por ser una tarea que podía vertebrar a todo el Partido a escala nacional. http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/qh5.htm

[3] La discusión de lo virtual que sigue implica una reflexión que tiene su deuda con lo escrito por Ricardo Viscardi en “Guerra en su nombre”, pg. 64 y siguientes, si bien mis conclusiones al respecto son otras. Por ello toda similitud es un acto intencional de respuesta.

[4] Sería también muy interesante un estudio sobre la economía de la imagen implícita en esto.

[5] Podría agregarse que esta sujeción opera sujetando a un sujeto tan irreal como la imagen. De ahí el rechazo al sujeto, invención de la modernidad capitalista.

[6] Utilizo “pueblo” en el sentido en que lo realiza Dussel en “20 Tesis de Política” pg. 89 y siguientes.


Presentado como ponencia en el Coloquio “Pensar lo Regional en un Contexto Global”, (III Coloquio de Pensamiento y Actualidad) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, jueves 27 de Setiembre de 2007.”

Publicado como artículo en el número 120 de la Revista Estudios, Marzo de 2008, Motevideo, Uruguay

La verdad es opaca

A propósito de la aparición de los cuerpos en un mundo que excluye

marcha sepelio ubagesner chavez sosaDesde la oscura entraña de la tierra son extraídos los huesos, blancos y por ello opacos, de lo que en vida fuera un hombre comprometido con su tiempo. Tal vez no pudiese ser de otra manera: en un tiempo en que la edificación ideológica pasa por una presentación que, a imagen de la caverna, se pretende luminosa realidad, como opuesta a las sombras falaces que han de ser abandonadas.

Al igual que el proyecto platónico, el proyecto dominante es un proyecto de los poderosos, de quiénes se autonombran guardianes de los guardianes. Desde esta posición articulan su campo de luz, como una luz que enceguece, como la negación de de toda determinación cierta. Resultado natural del proceso del iluminismo racional, y no su anomalía.

Quiere quién formula la alegoría, que el que habita en la caverna crea que su mundo era un mundo de sombras, de irrealidades. Tal cosa hubiese sido, si vivir el mundo de la caverna fuese sólo el vivir un mundo de la visión. Pero en la oscuridad, otros sentidos se habrían agudizado. Y en ningún caso se desconocería la propia realidad, como cuerpo, que no como sombra.

Así el deslumbrante exterior, se constituiría en un mundo en el que la visión se vería imposibilitada, pero no por ello el tacto o los otros sentidos. Tampoco habría, pues, en el afuera más realidad que en el adentro.

Esa vieja alegoría establece claramente la elección de la vista como determinante de lo real, y como hijos en la historia de su tradición, hemos estado sometidos al fantasma de la luz y de la sombra, antagónicos demonios, y como todo demonio, mera “mentira religiosa”. Pues la luz sólo cobra alguna significación a nuestro entendimiento cuando es reflejada por un cuerpo opaco.

Así que tal negación –la negación de la realidad de lo real– presentada como luminosa, surge desmentida por el hallazgo. Y el hallazgo marca diversos sentidos. Marca el sentido de la historia, indicando la necesaria recuperación del mismo. Marca el sentido del presente, indicando la actualización de su realidad. Marca el sentido del futuro, como compromiso práctico a ser asumido. Hablemos primero del sentido histórico.

En el Uruguay la instauración de la racionalidad tecnócrata se realiza en dos movimientos: la ley de Estado de Guerra Interno, -instauración del técnico de la violencia-, y la ley de Caducidad –instauración del expertécnico[1], negación del saber, y negación del otro.

Es claro que entre otros propósitos, la Dictadura tenía el de establecer un cierto discurso de interpretación de la entonces “historia recientísima”. Tal sentido pasaba antes que nada por su justificación en una ley fundante, la Ley de Estado de Guerra interno.

Una ley es una expresión de la relación de fuerzas existente en un momento dado en una sociedad dada. Pero la finalidad por la que tenemos normas, la finalidad por la que las mismas son marcadas, no es la sanción al infractor, ni el solo reconocimiento de las fuerzas que son. Se trata en realidad de una acción performativa que apunta a la construcción de la conducta del buen ciudadano y a la perpetuación del estado de cosas.

Además el poder militar utilizó las cárceles, la tortura y la persecución performativamente. La sociedad laica hacia necesario constituir materialmente un infierno, un espacio de temor, que ordenase negativamente la conducta. Sin embargo el rol que se asignaban a sí mismas no era el de demonio sino el de Dios Iracundo, juzgando desde el final de los tiempos, desde el fin de la historia.

El militar se presenta entonces como una figura ajena a lo político. Tanto los grupos políticos demonizados, como los viejos políticos, son presentados como enemigos de una racionalidad de la luz, del orden y el progreso. Es el viejo mito de la existencia de una razón más allá de la historia o de los hombres que la construyen, una razón que es previa, y que el militar como técnico en violencia y guardián de los valores viene a restaurar.

Pero tal como señala el aristócrata ateniense, el mejor gobierno no es el de los militares, sino el del filósofo, o para su caso, del expertécnico en su impostura.

Al producirse la apertura democrática pasa a cobrar espacio protagónico la figura del expertécnico –éste ya estaba presente, ahora cambia su posición. Porque lo que se reestablece no es la vieja democracia uruguaya, sino otra, en la que el viejo clientelismo es sustituído por la presencia de dispositivos de un saber técnico prescindente. A partir de ahí el militar pasa a ocupar una posición de demonio, lugar que él ya había asignado a un otro.

La sindicación del militar como demonio, lo subordina al Dios Justiciero. El político, transustanciado en expertécnico, es quién pasa a ocupar el centro del firmamento, y es él quién con su gracia ofrece el perdón a quiénes son presentados como los únicos contendientes. Se consuma la sustitución de la historia por un mito.

A partir de ahí el expertécnico, puede blandir la amenaza del demonio militar. Cómo cuando un joven de mal aspecto sube al ómnibus para pedir dinero, y dice que lo hace para no robar, lo que lleva de suyo la admonición, dame tu dinero o te lo voy a robar.

Es interesante ver como algunas de las características con que es entrevisto el demonio militar se aproximan a cómo es visto el excluído social: son feos, morochos, violentos, pueden romper la calma de tu vida privándote de tus bienes y de tu salud. Y el poder expertécnico es un Dios que Juzga –es el poder ejecutivo quién dice si se aplicará la Ley de Caducidad–, pero a la vez es un Dios incapaz de mantener todo el tiempo a raya a sus demonios.

Los dos demonios nombrados, los militares y los por ellos llamados subversivos, son demonios del Dios en el poder. Son un dispositivo mítico falsamente triádico, ya que el demonio subversivo, es un demonio ausente. Su hueco oculta que la verdadera lucha contra la dictadura se libró desde otras expresiones de la izquierda política.

Entonces logra el interés de ese Dios en el poder su victoria imponiendo la Ley de Caducidad. Ley que queda así hermanada con la Ley de Estado de Guerra Interno. Una es la ley que instituye al experto en violencia, la otra es la que instituye al expertécnico. Ambas cierran el círculo, y establecen la necesidad de la exclusión, concebida como el dispositivo ineludible en que reposa el orden social.

La ley, dispositivo fundante de la autoridad de la que emana, es justificada y presentada como necesaria, esto es, como voluntad. Autoridad y norma, se relacionan siempre en una relación dialéctica. La autoridad es quién pronuncia la norma, y la norma es la que fundamenta la autoridad. Pero ahora además, lo que hace es constituirse en autoridad que excluye la realidad sobre la que actúa, fundando el poder sobre la negación. La norma funda así un poder excluyente, y desde el mismo se pronuncia quién estará dentro y fuera del círculo de los salvos.

El expertécnico sustituye al político. Los temas ideológicos serán dejados de lado, los temas sociales deberán resolverse mediante la participación de organismos asépticos.

La norma de máxima autoridad ya no se pretende que sea la que dimana del poder efectivo/represivo/económico, para ser la autoridad impersonada en el conocimiento técnico. El poder de un saber que se presenta como ausente del campo político, genera un campo político que no se asume. El lobo no se disfraza de oveja, se hace invisible.

La total visibilidad social invisibiliza los agentes de poder, re-invisibiliza la normatividad como respuesta a la visibilización de la que había sido objeto en la discusión del dispositivo legal que la sustenta.

En un mismo discurso sobre el poder se embandera el gobierno, las ONGs y las bandas anarco-punks. Lo político como anatema. El conocimiento es presentado como prescindente de lo político. Todas las culpas se cargan sobre el espacio de lo político. Lo político no es presentado como un demonio, sino como la condición de lo demoníaco.

La negación de lo político, como espacio de resolución del poder en lo social y como realización de la experiencia individual, lleva consigo la ceguera ante la historia, como campo de experiencia de la sociedad y realizadora del presente. La historia es sustituida por el mito, y a veces simplemente por el olvido de sí. Por la instauración de la eternidad.

La eternidad es la negación de la historia, el sueño la negación de la vigilia. La cultura dominante en el Uruguay excluido pasa entre otras cosas por negar la historia –discurso expertécnico postpolítico– y por negar la realidad que esta ante sí, a favor del ensueño estadístico, una luz tan brillante que ciega.

Los hallazgos de restos humanos de comunistas asesinados por la Dictadura se constituyen en el elemento material a partir del cuál se restituye la historia. Pero para llegar a ello, debemos comprender cómo se llega hasta ahí.

En 1999 cuando Jorge Batlle gana las elecciones promueve la creación de una comisión que tratará expertécnicamente el tema de los crímenes en la Dictadura. ¿Por qué lo hace?

Por un lado no podemos dejar de considerar que desde 1998 el modelo impuesto en lo económico hacía agua. Las crisis internacionales, y las regionales auguraban un futuro incierto, incluso sin necesidad de catástrofes sanitarias. Si bien la entidad de la misma no era aún clara, era claro que se produciría.

Por otro lado, los partidos tradicionales eran conscientes de la constante pérdida de apoyo electoral. Jorge Batlle intentaba hacerse de una de las banderas tradicionales de la izquierda, que resolvería de acuerdo a sus intereses y a las modalidades que le eran posibles, reafirmando de paso el valor del expertécnico.

Por último en tanto las condiciones de exclusión social se hacían más duras, constituía una buena estrategia eliminar viejos problemas para tratar luego de nuclear a la sociedad integrada en oposición a la sociedad excluida. Si se aclaraba la verdad, esto consagraría la verdad de la norma que justificaba finalmente la exclusión. Consagraría la perpetuidad de un mundo establecido bajo una sola voz, un mundo en que la política ha sido demonizada. Un mundo en que el ejecutor de la violencia inaugura la exclusión para instaurar a los excluidos como nuevo campo del horror, que nos sujetan por el miedo. La cárcel cede su lugar al asentamiento, la tortura a la rapiña.

Sin embargo la crisis debilita al círculo, y genera, aún más, una crisis en la confiabilidad del expertécnico. Conlleva la crisis en la creencia en la inevitabilidad de la exclusión, y marca la necesidad de revisar el rumbo económico, como primer acto.

Sin embargo, los mitos de la edad de oro uruguaya se hallan más que nunca vigentes, y apuntan por tanto no hacia una comprensión histórica y materialista. ¡Ni siquiera hacia una visión utopista! La cultura dominante se vuelve en una retrotopía.

Retrotopía es un neologismo que se me ocurre oportuno, para expresar a la finalidad entrevista a partir del mito de una edad de oro uruguaya. Recuérdese que U – topía significaba “no lugar”. La Retro – topía, significaría el lugar de lo que estaba atrás, implicando así un lugar que no podemos ver, pero que es constituyente de nosotros. Por otro lado, en tanto Retro también indica lo anterior, señala el lugar del tiempo pasado, de lo que fue y no es. De lo que es imposible. Así, lo que no podemos ver y nos hace, es imposible de presentarse en el futuro, a pesar de que depositemos la esperanza en ello.

La retrotopía se halla instalada en la raíz mítica que la expertecnia no puede tocar. El técnico en tanto que otro para los más, halla espacios que le son vedados, residuos de la tradición de la sociedad que ha intentado sustituir. Una sociedad desmovilizada por el dispositivo excluyente, no puede sino pensarse a sí misma míticamente, alejándose entonces de la posibilidad de realización, e impidiendo la comprensión de lo real.

Esta retrotopía reclama la necesidad de cumplir acciones políticas que atienden las necesidades de la gente; pero también de revisar, de atender al pasado. A diferencia del círculo eterno, transhistórico, de la expertecnia, la retrotopía necesita pensar el pasado. Pero en la medida que apunta a un pasado constituido en un discurso idealista, entra a su vez en crisis al tropezarse con la realidad de las huellas materiales del pasado histórico.

Así llegamos hasta lo que llamo el sentido del presente.

La retrotopía y la expertecnia se ven diversamente amenazadas por la realidad histórica que representan los hallazgos de restos humanos.

La primera ve cuestionada su caracterización de proyección al futuro de una historia mítica, en el desafío de la reconstrucción de un pasado real, que permita proyectar un futuro según un proyecto materialista.

La segunda ve cuestionada su razón de ser, ya que lo que revelan los hallazgos son dos cosas. Primero el fracaso de la Comisión para la Paz, y por ende del proyecto especialista, en la tarea de enunciación de la verdad.

Segundo pone de manifiesto que la obra de otros especialistas, de aquellos que en nombre del orden y el progreso, de la eliminación de la corrupción y del peligro exterior, cometieron tales crímenes.

La razón expertécnica queda ella misma pues en entredicho, y es posible repensar su pertinencia en las diversas áreas de la vida social.

No es ajeno, sin embargo, a la fuerza política en el poder, la impostación que ejercen retrotópicos y expertécnicos en su seno; ubicados en posturas que no deciden avanzar en el sentido de una profundización de las dimensiones de la historia. Ello no podría ser de otro modo, ya que tales articulaciones del pensamiento y la práctica son consustanciales a la ideología dominante en el Uruguay presente, enquistada también en algunos elementos del gobierno.

Tal impostura sólo puede ser quebrada entonces a través de la restauración del discurso histórico.

Los huesos en su opacidad, se constituyen en verdad. Son la referencia de una arqueología que desnuda las discontinuidades, en las que construimos la continuidad de nuestra experiencia.

La anulación de la Ley de Caducidad, implica la deslegitimización de la otra, -de la del Estado de Guerra Interno- y consecuentemente, una reinscripción de la historia –historia como discurso ahora–, posibilitando la construcción de una historia como práctica contra hegemónica.

Y sólo con dicha anulación es posible la destrucción de la cultura mítica de la exclusión y sus ramificaciones prácticas, la expertecnia y la retrotopía.

Por una afortunada coincidencia de la lengua, en castellano anular, referido al anillo, y anular, hacer nulo, se escriben y pronuncian igual. Podemos por tanto utilizar la lengua para entender como la anulación de la norma, lo que rompe es un compromiso, señala el fin de una alianza, la ruptura del círculo.

Así que llego al sentido del futuro, entendido como aquello que no es real, y que sin embargo un esfuerzo colectivo hará real, ya sea como tragedia o como comedia.

El hallazgo opaco, la voz que viene de la oscuridad, nos interpela y manifiesta las impostaciones del presente, obligando al reconocimiento de la necesidad –como voluntad– de la anulación de la Ley de Caducidad.


[1] Expertecnia es un término introducido por Ricardo Viscardi en su libro “Guerra en su Nombre”. La explica como “alejarse del saber pasando por el conocimiento” especialmente en el caso de las actuales sociedades “del conocimiento”. Agregaría que en tanto tecnia viene de tejné, lleva a su vez que este “viaje” se realice como un movimiento en que el “cuerpo del conocimiento” es sustituido por un “cuerpo de reglas”. Yo utilizo abundantemente “expertécnico” como aquél que actúa según tan poco loable marco.

Texto de la ponecia que presenté en el Coloquio “Crítica-Crisis-Espacio La Filosofía en el Contexto Actual” realizado en Octubre de 2006