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Category Archives: historia de la filosofía

¿Cuál ilustración?

La historia a la baja en el país de los que eran valientes.

“A lo inobjetable, no le pasa en realidad nada”

(Theodor Adorno, Dialéctica negativa)

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Naturalmente las palabras cambian al cambiar los idiomas en las que se habla. A veces sólo cambia el sonido, pero por lo demás hay identidad. Creo que las palabras equivalentes a “mesa” en casi todos los idiomas sólo significarán “mesa”.

No ocurre lo mismo con palabras que no suponen una referencia tan directa. Las palabras con las que denotamos conceptos muchas veces apuntan en principio a situaciones, objetos u acciones triviales, distintas de aquello que su concepto encierra.

Lo que en alemán llaman die Aufklärung aparece en un diccionario alemán-español de bolsillo como “aclaración, ilustración, clarificación”. Valga apuntar que no hablo alemán. Pero por lo leído es claro que con esa palabra se apunta a aquél período histórico que solemos identificar como “ilustración”. Al mismo en inglés le he visto ser llamado “the enlightenment”, algo así como “la iluminación” -entendida como substantivo, no como acción-, y en francés como “les lumières”, las luces, giro recogido en el título de la novela de Carpentier.

No es un problema tal dispersión siempre y cuando sepamos todos que hablamos de lo mismo. Por lo que cabe preguntarse si realmente, todos hablamos de lo mismo. Más de un texto se ha escrito intentando clarificar qué es la ilustración, pero a efectos de esta exposición me referiré -en la primera parte- sólo a tres textos y dos autores.

En 1784 a pedido de un periódico Immanuel Kant escribe “Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?”. Es un texto bastante bien conocido al día de hoy, en el que se habla de la Ilustración mientras ésta está ocurriendo.

En 1983 Michel Foucault en su curso en el Colegio de Francia da una clase cuyo texto luego se editara en mayo de 1984, y que fuese recogido en castellano en el libro “Saber y Verdad”, en el capítulo “¿Qué es la ilustración?” en 1991, pero que en su lengua original se conoció bajo el titulo de “Un curso inédito”. Otro texto de 1984, fue por su parte, publicado en inglés, y sólo se conoció en francés en 1993, también bajo el nombre “¿Qué es la ilustración?”

Esta precisión, que me resulta molestamente puntillosa, es relevante en este tiempo de lecturas distribuidas electrónicamente, ya que muchos pueden haber conocido sólo uno de ambos textos. Los mismos se hallan claramente emparentados, con aspectos que alguien más atento a la reseña podrá detenerse a comparar y determinar. Yo los usaré como si fuesen un único material, ya que resulta al leerlos bastante claro que provienen de una misma etapa en la reflexión de Foucault; porque que en ambos hay aspectos importantes no tratados en el otro; y porque no hallo que entre ambos se de ningún contrasentido que haga inoportuno tal uso.

Lo interesante para nosotros en este momento es observar que cuando Foucault elige titular “¿Qué es la ilustración?” no está simplemente tomando un tema a tratar, sino que se está estableciendo en un territorio conceptual a compartir con Immanuel Kant, La interrogación así se despliega desde un siglo hasta otro, y pasando por encima de todo un siglo completo, como si éste estuviese intocado.

Pero también hay una consideración posible desde la geografía, desde Prusia hasta Francia, desde un estado que ya no existe, a uno que aún sí. Y si consideramos que Königsberg es hoy Kaliningrado en Rusia, desde una ciudad que ha cambiado su nombre y pertenencia nacional, hasta otra que se ha mantenido en la misma centralidad. De tal modo el tiempo y el espacio muestran cómo se continúa y quiebra constantemente y en distintos niveles la situación de la reflexión.

Por todo eso al enterarme de la existencia de este coloquio que se plantea cuál sería el interés hoy de la lectura de Foucault, salto mentalmente hacia estos dos artículos, lo que de algún modo muestra una artificialísima continuidad voluntaria. Porque tal salto pone en manifiesto una dislocación mayor: hacia un país sudamericano y hacia el siglo XXI. Pero además hacia un país en dónde se ha establecido entre sus tradiciones un cierto tipo de mandato hacia algo llamado Ilustración.

Cabe preguntarse pues si más allá de las palabras en distintos idiomas, lugares y momentos hay algo en común a ser tratado, o si el concepto se ha ido transformando al punto de volverse imposible tal consideración.

Esto nos plantea considerar la relación entre un cierto concepto y aquello que lo dota de realidad, entendida esta como la cualidad de lo real. Todo concepto no es sino una negación de lo real, que en la misma medida cuanto establece un vínculo fructífero con lo negado, se dota de realidad. Ello ocurre por una ruptura radical del entendimiento. La acción es la que impone el dato inefable, que el entendimiento en vano intentará decir, y que al decir negará la acción en la acción de decir e imponiendo la pretendida eternidad de los nombres. Por esto toda consideración exclusivamente conceptual nunca será capaz de superar al mero idealismo.

Pero un concepto dado, cualquiera que sea, resulta de una producción histórica concreta, físicamente situada, y responde en todo caso a multitud de influencias que no son ni conceptuales, ni intelectuales, ni racionales. La racionalidad de todo lo real no es sino la constatación de que todo lo real es susceptible de ser explicado después de acontecido en términos racionales.

Tal constatación sin embargo lleva de sí que también ha de considerarse que ningún concepto puede realizarse -esto es, dotarse de realidad- sino mediante la negación de lo conceptual. Tal negación consiste en el abandono del entendimiento por la acción, entendida no como la acción de uno que actúa, sino como una producción histórica, social, colectiva.

La concreción histórica de los conceptos nunca se da en forma aislada, sino imbricada en su situación histórica concreta, en una cierta producción de sentido, en una cierta producción de afirmaciones específicas. Tal cosa, condena de antemano la posibilidad de la generalización absoluta, y establece los limites de la verdad en la situación considerada.

Pero a su vez la producción de generalidad de los conceptos es una cierta producción específica de sentido imbricada en producciones específicas de afirmaciones. En tal sentido la generalización gana su partida: los conceptos tienen en su naturaleza proyectarse en una generalización como si sus resultados fuesen absolutos. Se dotan de una justificación que en tal sentido que parte de la propia realidad que cada de uno de ellos detenta, y que entre todos busca lograr una seducción de coherencia o de eficacia lógica.

Pero para luego existir, habrá de ir a un juego de idas y vueltas. Y otra vez, ningún concepto existe sino en tanto que contenido histórico en una producción de afirmaciones y sentido históricamente concretas. Por ello el concepto se desgarrará nuevamente, puesto en el paso de sí a una realidad que sólo puede reafirmar en tanto sea fructífero para lo real que lo niega.

Para el caso, intentemos comprender qué es lo que se entiende por la ilustración en la obra de Kant que consideramos. Y lo podemos ver, sin mucho esfuerzo y apenas la lectura de la misma comienza, cuando se nos dice que la Ilustración ha de ser comprendida como una llegada de la humanidad a una adultez, a una mayoría de edad. Esto ocurre en la medida que los hombres no afirmen ciegamente la verdad de los mandatos que se les realizan, sino que piensen por sí mismos, que practiquen un “atreverse a saber”.

Es importante aclarar que Kant diferencia entre un uso público y uno privado de la razón. El segundo es el que hacemos en tanto seres responsables en una comunidad, sometidos a reglas que posibilitan su funcionamiento. En tal caso, hemos de cumplir lo que se nos mandata, no importando la opinión que de ello tengamos. Pero el uso público de la razón supone que más allá de tal acatamiento hemos de poder ser libres de expresar nuestra opinión sobre la conveniencia o no de los mandatos que debemos cumplir.

Foucault elige justamente trabajar desde y hacia el texto kantiano, ya que le asigna un valor relevante. Para él la Ilustración tiene que ver con dos cosas que se imbrican. Por un lado una peculiar forma de reflexión, una problematización del presente, en la que se establece la novedad que es propia de la modernidad. A diferencia de otros tiempos históricos en los que la reflexión del presente lo que hacía era ubicarlo en alguna perspectiva teórica previa, la ilustración o modernidad lo que hace es construir desde esa problematización su perspectiva teórica. Por otro lado, en la existencia de un ethos filosófico, que habitaría una dimensión limítrofe de la actitud filosofante, dejando de lado planteos trascendentales en pos de un desarrollo genealógico acometiendo su estudio mediante una arqueología.

Ello implica una renuncia al planteamiento de una generalización que permite las explicaciones más inclusivas, de mayor nivel de generalidad, pero no implica una conformidad con los límites sino un intento constante de sobrepasar dichos límites. Se plantea así una cierta “ontología de la actualidad”, como una forma de hacer filosofía en la que Foucault se ubica a sí mismo junto a Hegel, la Escuela de Frankfurt, Nietzche y Weber.

Dos cosas más destaca Foucault que son relevantes de anotar. En la consideración de la Revolución realizada por Kant, lo relevante no es la valoración de esta, sino la valoración de que existe una cierta concepción colectiva, una cierta “simpatía” por ciertos postulados que implican ver ciertos procesos y cambios como mejoras. De ello se sigue la existencia de criterios que evidencian algo que ha sido, es y será, cumpliéndose así la exigencia de una continuidad que posibilita un progreso continuo. Al destacar tal cosa Foucault busca de algún modo enmarcarse en el elogio a lo no revoucionario que se halla de positivo en la revolución que establece el prusiano. Por tanto este primer destaque tiene que ver con una afinidad. Y el segundo destaque y para nada menor, tiene que ver con una ajenidad: mientras Kant hablaba de la “humanidad”, Foucault nos habla de Europa.

La ilustración es un fenómeno de la historia europea, nos dice. Y en este encuentro en que nos hallamos y que se pregunta por la relevancia que asignamos en leer al francés, creo que este es el momento en que debiéramos asumir un nuevo giro.

2

El 26 de mayo de 1816 se completaban los trabajos que le habían sido encomendados a Dámaso Antonio Larrañaga para la formación de una biblioteca pública que sería posteriormente transformada en nuestra Biblioteca Nacional. Al completarse, desde su cuartel general en Purificación, José Gervasio Artigas saludó el logro haciendo que el santo y seña del ejército oriental fuese la frase “Sean los orientales tan ilustrados como valientes” desde el día 30 del mismo mes.

En general la frase ha sido repetida y oída como “sean los orientales tan instruidos como valientes”. Eso dicho en un país que aún no había conocido la reforma educativa vareliana, y continuaba aplicando castigos corporales para educar, y en el que campeaba el más hondo analfabetismo. Pero también después que dicha reforma ocurriese y precisamente reforzando el contenido de instrucción a ser inculcada tal mandato continuó repitiéndose.

Las voces de los actores capitalinos que podían escribir su juicio sobre la sociedad del siglo XIX en estas tierras, planteaban un problema central, el de la pacificación de la territorio, y llegada la ocasión vinculaban con la violencia al analfabetismo. Mas hoy uno debiera preguntars si, ¿era tal analfabetismo una “tara” nacional? ¿Era un signo de algo que se podía desarrollar y que no se había desarrollado? ¿O era la respuesta natural y lógica a una cierta forma de relación entre las formas sociales y económicas que habían en ese momento? Si la tercera fuera la respuesta, ¿cómo interpretar lo que en aquél momento era esa sociedad y cómo las transformaciones sucesivas que la misma fue viviendo?

Cuando Artigas propone ese santo y seña, no estamos aún en la incipiente industrialización, no es necesario que todo gaucho cuente al menos con un rudimento de escritura para que cumpla con sus tareas. Pero de igual modo en Kant no se exige que todo prusiano se atreva a saber, sin que por ello deje de proponerse tal lema. Aquí se postula una instrucción que por ahora, no está planteada sino para algunos.

Pero su desarrollo y continuidad en nuestra historia luego va cobijando primero a la generalidad de los hombres bajo su propuesta, y luego incluso a las de las mujeres. La ilustración entendida como instrucción se convierte en un programa nacional: “sean” es una clave oculta en su misma extrema visibilidad.

La palabra “valiente” proviene de una raíz latina que implica que algo tiene un cierto valor. De algún modo se está implicando que los orientales, tienen en sí un valor tal, que el ser ilustrados de forma y en cantidad análoga sería algo positivo.

Por el contexto histórico, podríamos suponer el valor como arrojo físico en la guerra, algo que se compadece muy bien de aquella sociedad a la que algunos estudios recientes llaman de “bárbara”, palabra que si bien me parece desacertada, he de reconocer que permite un primer acercamiento bastante efectivo.

Pero mientras se pasa de una sociedad en la que la ilustración en tanto instrucción es para algunos, y el valor un despliegue de coraje físico demostrado por los más, a una nueva sociedad en la que la instrucción se generaliza y el despliegue físico se retrae, se sostiene el sean como eje constante, programático de nuestra historia.

Hay una dimensión programática de mandato colectivo, aceptado y asumido en tal frase, una aceptación de un recuerdo de lo que debía ser, de lo que es y de lo que deberá ser. Las condiciones que se reclamaban a la visión kantiana de un cierto algo cuya continuidad pueda sostenerse y ser un indicativo de progreso. Para el caso de ellos era esa simpatía por los principios en la revolución, los que operaban en la sociedad europea, y para el nuestro será ese mandato a la instrucción.

Más ahora cabe recordar que Foucault nos decía que la Ilustración era un fenómeno europeo, mientras que Kant lo presentaba como propio de la humanidad. ¿Lo que estamos enfocando en qué perspectiva nos pone?

¿Es de algún modo la instrucción una forma de comprensión de la actualidad problematizada de forma tal que su concepción se convierta en constitutiva de una etapa histórica? No. ¿Es esta instrucción algo que impulsa un ethos filosófico que permite una ontología de la actualidad que interroga por los límites desde una ubicación en los mismos? Tampoco.

Dejemos de lado el punto de vista de Foucault, busquemos a Kant. ¿Supone la instrucción reclamada una “mayoría de edad” de los orientales? Para nada, los mismos siguieron reflexionando, con arreglo a moldes y modelos que les llegaron desde las figuras de la autoridad del conocimiento europeo, con algunas pocas excepciones que en busca de originalidad lograron no hacer escuela.

No hallamos entonces una forma de mostrar que de ningún modo halla habido algo así como una Ilustración entre nosotros. Se podría hablar de un cierto fenómeno con parecidos, aunque lleno de diferencias, pero su consideración va más allá de los límites que aquí nos proponemos.

Más aún, nuestra peculiar forma de vivir una cultura europeizante pasa por la sumisión al mandato de ser lo que no somos. Sean ilustrados, como un sean europeos.

No implica esta observación que justifique salir a la búsqueda de un indigenismo pintoresquista o absurdamente imaginativo, que recoge cualquier recuerdo inconexo para postular desde él afirmaciones injustificadas. Se trata sí de reconocer que en estas tierras existió una sociedad indígena, que se produjeron movimientos de tales pueblos a lo largo de miles de años, y que la llegada de los europeos impuso la cancelación de la cultura y de los grupos humanos preexistentes. Los que seguían cambiando y moviéndose hasta su etnocidio. Incluso los esclavos africanos se incorporan en una situación similar, mediante la destrucción sistemática de su identidad como sociedad y del grueso de su cultura.

Las supervivencias que ocurren, muchas de las cuáles son luego elaboradas y brindan riqueza artística, culinaria o toponímica, no dejan de ser supervivencias en el seno de la aplanadora, no europea, sino europeizante.

Así, lo que podemos afirmar es que no vivimos una ilustración en el sentido europeo, ni como una cierta postura ante la historia y su concepción, ni como la construcción de un ethos filosófico, ni como un hacerse cargo de la propia razón.

Pero sí tenemos que reconocer que esa misma aplanadora europeizante nos impone los mandatos culturales europeos: tenemos que atrevernos a saber, tenemos que problematizar el presente para desde él configurar una comprensión de nuestra historia, tenemos que dotarnos de un ethos filosófico renovado.

Pero al estar todo ello determinado desde la propia razón de la imposición, mal podrá ser una ilustración sino que se constituye en una negación de la misma.

Esto nos permite entender mejor varios de los fenómenos que hemos vivido en tiempos recientes. Para empezar como nuestra realidad política marca la abolición de la historia, entendida en este texto y de aquí en más como una asunción crítica de un presente desde el que configurar la comprensión del mismo, del pasado y del futuro.

Distintos actores políticos han propiciado en tiempos recientes discursos centrados en cosas tales como la “vuelta de la página”. Tal cosa ya no es, tristemente, patrimonio exclusivo de la derecha, sino que ha comenzado a fermentar en la propia izquierda. La “vuelta de página” supone un dejar atrás la historia como textualidad que da cuenta de lo acontecido, y para ello apela no a razón alguna, sino fantasías de lo irresoluble -esto no se arregla hasta que estemos todos muertos- o a la emoción como sustituto de la razón -no quiero ver presos a los viejitos.

El recurso de sustituir la historia por el mito tiende sus raíces hasta el propio Platón. En el mismo, el mito es fuente de verdad, siempre que sea un mito conocido y anclado en la tradición. Por eso Platón apela a sacerdotes egipcios u otras fuentes como sustento del mito. Quitando lo accesorio, podríamos decir que la sustitución de la historia por el mito supone la sustitución del uso del propio entendimiento para ser conducido desde la autoridad, bajo el cubierto respaldo que el texto de la autoridad proporciona.

Así se deja de lado si hubo o no una historia de abuso y violencia estatal, si se persiguió por conscientes fines políticos a personas que no habían cometido delito alguno, ni habían atentado contra ninguna figura institucional -la inmensa mayoría de los torturados, encarcelados, exiliados, desparecidos y muertos no integraban organizaciones cuya táctica pudiera ser usada como pretexto para una represión policial en manos militares. La historia se oblitera, la sociedad deja de tener así una concepción de su historicidad.

Y de igual modo a como la historia es anulada, la filosofía es anulada, en la absurda impostación de la misma hecha por el presidente desde el uso inadecuado de un espacio radial y de foros internacionales, cultivando y permitiendo hacer que su prédica inconsistente y cuasi religiosa pase por discurso filosófico.

La presencia en los medios de precisamente el primer mandatario, lo transforma de mandatario en oráculo, en realizador -en aquél que determina la realidad de lo dicho. Y asumiendo tal puesto reafirma y confirma el valor de toda expresión mediática.

Un proceso iniciado hacia la derecha con Chicotazo, corona así la entronización de una versión de izquierda mística que termina siendo servicial a la expertecnia. Porque lo propio del expertécnico es la inmersión en discursos disciplinares que suponen la eliminación de la historia y la sumisión a una liturgia burocrática y académica.

La propia imposibilidad decretada por el mandatario mistificador a través de un personero legislativo de anular la Ley de Caducidad, terminó en la resolución de una ley que traslada a decisiones técnicas si los casos se anularían o no. La posibilidad política es cancelada e impuesta la posibilidad técnica, cancelando la resolución histórica, ya que desde Hegel para acá sólo la historicidad puede dar cuenta de lo político.

No habiendo filosofía sino pensamiento religioso, mal podrá haber una ontología de la actualidad o un pensar los límites desde los límites mismos.

Lo peor es que el otro criterio propuesto para entender una “era de ilustración”, esto es una en la que se llega a la “mayoría de edad” también está amenazada. El llamado “plebiscito de la baja” no hace sino implicar una situación en la que so pretexto de castigar para imponer una autoridad que a través del temor garantice un cierto orden, por la aplicación de castigos para adultos a los menores, lo que hace en realidad es borrar la diferencia entre el mayor y el menor.

Yendo a contrapelo de lo dicho en la constitución, papel muerto cuando su defensa es insuficiente al igual que en 1973, el castigo se convierte en el centro de la pena, abandonada la pretensión de reeducación. El castigo, físico, corporal, de privación de libertad, surge de la necesidad pautada por los medios informativos que afirman, contra toda evidencia documental, que los culpables de los delitos son menores.

Es que tales medios lo que hacen es ubicarse como principio. Legitimada su voz por el mandatario, comparten el rol oracular, y determinan la percepción de lo que no es como si fuera. Ante la invención del protagonismo de los menores como agentes del peligro, lo que se hace es castigar a los mismos como si no lo fuesen. Reiteran y trasladan lo que no es como si lo fuese.

Pero al imponer el mito por el que los menores dejan de ser tales, como ya dije, lo que se hace es borrar la diferencia entre la adultez y la minoridad. Tal anulación, nos iguala bajo una autoridad que se reifica al ejercer el castigo. Y en tal situación, no habiendo ya adultez, no puede accederse a la misma.

Entre nosotros aún no ha alumbrado ninguna claridad. Y tal vez no halla que buscarla, ni en las tierras de perenne oscuridad, de las sociedades tradición perdida, ni en las tradiciones conservadas pero ajenas, que nos sostienen en una lectura pasiva de la instrucción del otro que sabe.

Dejar las historias míticas por el conocimiento histórico, el castigo como mandato social por una sociedad que se haga cargo de sus mandatos y posibilitar una reflexión propia performativa de nuestros futuros, son aspiraciones que necesitan hoy de todo el valor que podamos dar cuenta.

Guillermo Uria

Montevideo, 6 de marzo de 2014

Leído en el marco del Coloquio ¿Por qué leer a Foucault? realizado en el IPA, el 8 de marzo

últimas correciones, 9 de marzo


Bibliografía

Por razones de actitud hacia la vida, la política y la filosofía, hace tiempo ya tomé la decisión de no escribir utilizando los sistemas de aparato erudito al uso en la academia. Ello no implica el dejar de reconocer los numerosos préstamos, influencias, contrapuntos y confrontaciones, que todo pensamiento expresado supone. Valga la presente bibliografía como un indicativo, no exhaustivo de algunas de las obras que estaban en mi mente en el tiempo de concebir y escribir esta ponencia.

Foucault, Michel,

¿Qué es la ilustración?, publicado en el volumen Saber y Verdad

¿Qué es la ilustración?, publicado en la revista Magazzine Littéraire

Vigilar y Castigar

Las palabras y las cosas

Arqueología del Saber

Kant, Immanuel

Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración?

Crítica de la razón práctca

Prolegómenos a toda metafísica del futuro que deba ser presentada como ciencia

El conflicto de las facultades

Adorno, Theodor

Dialéctica Negativa

Dialéctica de la Ilustración (con Max Horkheimer)

Hegel, GWF

Fenomenología del Espíritu

Viscardi, Ricardo

Guerra en su nombre