Skip navigation

¿Existe o no una demarcación entre las formas de mostrar cuerpos, personas, relaciones, objetos, de forma tal que produzcan estímulo sexual, en función de que al mismo tiempo conlleven valores de otro tipo (artísticos, económicos, políticos, etcétera)?

Yo creo que no.

Cuando hablamos de alguna forma de señalización simbólica de objetos (que es lo que hacen la pintura, la fotografía, el cine, la literatura y hasta la música) nos es posible siempre identificar dichos objetos… por el mismo acto de su señalización. Pero si al mismo tiempo están imbricados en redes de significaciones -y todo está siempre imbricado en tales redes-  no es posible determinar en forma externa tales significaciones. Porque dichas redes se constituyen como textualidades que operan socialmente. Claro que son suceptibles de un análisis histórico en tanto tales… pero el análisis de las redes como tales no es lo que nos ocupa, sino un caso de relación entre objeto y red.

Cuando el objeto son los cuerpos, relaciones entre cuerpos u objetos cuya referencia produce, o se supone que produce, una estimulación sexual en quién está en contacto con los mismos, estamos frente a lo que se debería lisa y llanamente denominar pornografía. Claro, el término suele estar reservado a ciertas formas de ser de objetos que se hallan invisibilizados en la trama social a efectos de producir espacios negados de goce, que se potencian en la negación de su publicidad.

Sin embargo, no hay salvo tal privación, nada que no esté en esa nominada pornografía, que no se pueda corresponder también a otro género usualmente denominado de “erótico”, e incluso a otros, a que ravés de recursos inconscientes consiguen apelar a los mismos estímulos, como por ejemplo, el cine de terror.

Pero en tanto en el caso del cine de terror operan otros factores, lo retiraré de esta consideración.

Digo pues que existen tales objetos que producen esas señalizaciones que producen estímulo. Y siendo tal estímulo algo tan básico en nuestra especie no puede creerse que la misma ha sido un producto casual, sino que siempre y en todo caso habrá de ser considerado como una nota fundamental del objeto que la posea.

Ahora bien, la diferenciación que propongo entre los objetos malamante llamados pornográficos (en adelante los llamaré de pornografía en negación) y los llamados malamente eróticos (o pornografía en afirmación) radica en la aceptación social que se produce de unos y otros.

Para producir la diferente aceptación social se incluye el objeto en redes de significantes que los justifique: si la fotografía de tal película es fina plásticamente, o si los actores son serios, o si hay un tema conceptualmente relevante, etcétera.

Todo esto supone un principio fuertemente reaccionario: el goce de la estimulación sexual no se plantea como un fin lícito en sí mismo, y sólo se le legitima en la medida en que la inclusión del objeto excitante en una red de significaciones extrasexuales permite una legitimidad dimanada de lo no sexual. En tal sentido, lo no sexual produce una afirmación de lo mostrado.

Pero esta pornografía en afirmación se sostiene por su relación dialéctica con la pornografía en negación. Sólo la existencia de ésta última, en la que las facetas más directas y auténticas de la apetencia carnal de cada uno se expresan permite trasladar un espacio de goce a la primera. Porque afirmación de la primera supone necesariamente la negación de la segunda, con lo que nos instalamos en un espacio socialmente respetable y respetado, desde el cuál podemos demonizar los deseos y apetitos que tenemos… o que reprimimos.

La pornografía en aceptación se constituye desde el sistema de valores operativo en la sociedad en un momento dado como legítimos, y desde ahí impone una impronta conservadora. Pero cómo resulta insuficiente para el deseo del animal humano, produce el estímúlo que conduce a la producción de la pornografía en negación. Esta suele estar más imbricada en valores económicos (en caso de su producción comercial) o sociabilizantes (en caso de su producción por voluntarios). En cualquier caso, es justamente la pertenencia del sexo a la trama de lo económico lo que es inaceptable.

Porque ello llevaría a ver lo que realmente es: el sexo es la razón fundamental de ser de toda sociedad humana. La “producción y reproducción de la vida” significa no otra cosa que contar con los recursos económicos adecuados para poder mantener relaciones sexuales a efectos de que en algún momento nazcan nuevos humanos.

La pornografía es por tanto puesta en situación de negación cuando se halla en riesgo de escapar de una consideración en redes de significación. Porque si hay algo que trasciende a toda significación, es el deseo del cuerpo.

La aceptación lisa y llana de la legitimidad de ambos tipos de pornografía conduciría a dos cosas: por un lado a un paso hacia una liberación real de los humanos de las formas represivas que tanto hacen daño a nuestra salud emocional y que están ahí simplemente para sostener una forma injusta de relacionamiento social y económico, y por otro lado a la comprensión de los valores de las obras pornográficas liberadas de su necesidad de significar cosas relevantes, o de estar asociadas a emmociones trascendentes.

¿Existe o no una demarcación entre las formas de mostrar cuerpos, personas, relaciones,  objetos, de forma tal que produzcan estímulo sexual, en función de que al mismo tiempo conlleven valores de otro tipo (artísticos, económicos, políticos, etcétera)?

Yo creo que no.

Cuando hablamos de alguna forma de señalización simbólica de objetos (que es lo que hacen la pintura, la fotografía, el cine, la literatura y hasta la música) nos es posible siempre identificar dichos objetos… por el mismo acto de su señalización. Pero si al mismo tiempo están imbricados en redes de significaciones -y todo está siempre imbricado en tales redes-  no es posible determinar en forma externa tales significaciones. Porque dichas redes se constituyen como textualidades que operan socialmente. Claro que son suceptibles de un análisis histórico en tanto tales… pero el análisis de las redes como tales no es lo que nos ocupa, sino un caso de relación entre objeto y red.

Cuando el objeto son los cuerpos, relaciones entre cuerpos u objetos cuya referencia produce, o se supone que produce, una estimulación sexual en quién está en contacto con los mismos, estamos frente a lo que se debería lisa y llanamente denominar pornografía. Claro, el término suele estar reservado a ciertas formas de ser de objetos que se hallan invisibilizados en la trama social a efectos de producir espacios negados de goce, que se potencian en la negación de su publicidad.

Sin embargo, no hay salvo tal privación, nada que no esté en esa nominada pornografía, que no se pueda corresponder también a otro género usualmente denominado de “erótico”, e incluso a otros, a que ravés de recursos inconscientes consiguen apelar a los mismos estímulos, como por ejemplo, el cine de terror.

Pero en tanto en el caso del cine de terror operan otros factores, lo retiraré de esta consideración.

Digo pues que existen tales objetos que producen esas señalizaciones que producen estímulo.

Y siendo tal estímulo algo tan básico en nuestra especie no puede creerse que la misma ha sido un producto casual, sino que siempre y en todo caso habrá de ser considerado como una nota fundamental del objeto que la posea.

Ahora bien, la diferenciación que propongo entre los objetos malamante llamados pornográficos (en adelante los llamaré de pornografía en negación) y los llamados malamente eróticos (o pornografía en afirmación) radica en la aceptación social que se produce de unos y otros.

Para producir la diferente aceptación social se incluye el objeto en redes de significantes que los justifique: si la fotografía de tal película es fina plásticamente, o si los actores son serios, o si hay un tema conceptualmente relevante, etcétera.

Todo esto supone un principio fuertemente reaccionario: el goce de la estimulación sexual no se plantea como un fin lícito en sí mismo, y sólo se le legitima en la medida en que la inclusión del objeto excitante en una red de significaciones extrasexuales permite una legitimidad dimanada de lo no sexual. En tal sentido, lo no sexual produce una afirmación de lo mostrado.

Pero esta pornografía en afirmación se sostiene por su relación dialéctica con la pornografía en negación. Sólo la existencia de ésta última, en la que las facetas más directas y auténticas de la apetencia carnal de cada uno se expresan permite trasladar un espacio de goce a la primera. Porque afirmación de la primera supone necesariamente la negación de la segunda, con lo que nos instalamos en un espacio socialmente respetable y respetado, desde el cuál podemos demonizar los deseos y apetitos que tenemos… o que reprimimos.

La pornografía en aceptación se constituye desde el sistema de valores operativo en la sociedad en un momento dado como legítimos, y desde ahí impone una impronta conservadora.

Pero cómo resulta insuficiente para el deseo del animal humano, produce el estímúlo que conduce a la producción de la pornografía en negación. Esta suele estar más imbricada en valores económicos (en caso de su producción comercial) o sociabilizantes (en caso de su producción por voluntarios). En cualquier caso, es justamente la pertenencia del sexo a la trama de lo económico lo que es inaceptable.

Porque ello llevaría a ver lo que realmente es: el sexo es la razón fundamental de ser de toda sociedad humana. La “producción y reproducción de la vida” significa no otra cosa que contar con los recursos económicos adecuados para poder mantener relaciones sexuales a efectos de que en algún momento nazcan nuevos humanos.

La pornografía es por tanto puesta en situación de negación cuando se halla en riesgo de escapar de una consideración en redes de significación. Porque si hay algo que trasciende a toda significación, es el deseo del cuerpo.

La aceptación lisa y llana de la legitimidad de ambos tipos de pornografía conduciría a dos cosas: por un lado a un paso hacia una liberación real de los humanos de las formas represivas que tanto hacen daño a nuestra salud emocional y que están ahí simplemente para sostener una forma injusta de relacionamiento social y económico, y por otro lado a la comprensión de los valores de las obras pornográficas liberadas de su necesidad de significar cosas relevantes, o de estar asociadas a emociones trascendentes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: