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Ciegos, mudos, tenebrosos e idiotas

La pérdida de la medida en los brazos del buscador

escher sobre fondo verdeGooglol es un número, es 10 elevado a la 100. Es un número que puede ser representado, en notación científica o decimal, pero que no puede ser contado, si por tal entendemos contar objetos. Es que la cantidad de partículas en el universo conocido se halla entre 10 elevado a la 70 y 10 elevado a la 80. Googol es un número que no sirve en el mundo de los objetos.
También es el origen, por equívoco, del nombre de un buscador: Google. Cuando fueron a registrar la dirección electrónica del sitio, se equivocaron, y cambiaron de Googol, a Google. Hoy muchos dicen Google por Googol.
Pero el nombre de Googol, a diferencia de los nombres de los otros números, es un hombre rastreable en tiempos históricos. En 1938, un matemático Edward Kasner, solicitó a su sobrino de 9 años que diese nombre a un número muy grande. El nombre imaginado por el niño fue Googol.
Googol era tan grande que no se podía tocar, pero sí se podía escribir, o se podía pronunciar. Para solucionar tan horrible circunstancia, un mundo que aún es a nuestra medida –al menos en parte-, fueron creados Googolplex y Googolplexian. Googolplex es 10 elevado a la Googol. Googolplexian es 10 elevado a la Googolplex. Ninguno de ambos puede escribirse en notación decimal, la cantidad de partículas en el universo es inferior a las cifras requeridas, incluso si pudiésemos escribir una cifra en cada una de esas partículas.
El papel me ha quedado corto, pero aún tengo un nombre, un nombre bien adjudicado para nombrar una realidad que puedo entender, pero que no puedo recorrer.
Y entonces llegó el buscador.
¿Qué es un buscador? Es un programa que recorre permanentemente la Red, y recopila información. Cuando solicitamos algún dato, ese programa realiza una serie de operaciones y nos da una lista de vínculos, a sitios en los que el dato parece estar.
Quiero aclarar aquí que cuando hablo ahora de recorrer estoy dando a tal vocablo un uso diverso de aquél que corresponde a pasar a lo largo de una cierta distancia que pueda existir. ¿Qué es recorrer la red?. Es ir teniendo acceso a diversas conexiones, a diversos documentos acumulados en distintos servidores, y dando cuenta de lo que allí está registrado. Y debemos recordar que tanto cuándo hablemos de texto o de imágenes, en última instancia, siempre hablamos de algo que es registrado como número. Y sólo como dos de ellos: “1” y “0”.
Así, si en el casillero diseñado a tal efecto ponemos “Aristotle” (Aristóteles en inglés) o “Plato” (Platón, en el mismo idioma), obtendremos por cada uno algo más de 4 millones y medio de vínculos. Kant apenas queda más atrás con unos 4 millones, Nietzsche apenas supera a Descartes ambos algo por encima de los dos millones, pero para felicidad del último, Dios (por supuesto, en inglés) los supera a todos con 57 millones de vínculos.
Una primera, ingenua visión de este panorama nos puede hacer pensar con alegría en la vastedad de la información disponible. Pero la lista de Google no es una verdadera lista, es una farsa monstruosa.
Una lista es algo que puedo recorrer, lo que ahora significa algo que puedo revisar. Un conjunto de ítems que puede ser atendida punto a punto. Una lista de algunos millones de vínculos no puede ser recorrida humanamente.
Cuando Foucault hablaba de la Enciclopedia China según es imaginada por Jorge Luis Borges, hablaba de una parodia de orden, hablaba de un orden absurdo, pero de un orden posible y humanamente recorrible. Cuando Google escupe su orden enuncia un orden posible pero inhumano.
Cualquier orden humano permite esa recorrida metafórica pero alcanzable para el hombre. La recorrida de Google, del programa que lo anima, es una tarea cumplida por una máquina real, con el alma que le brinda un conjunto de números. Números que se alternan en bits que van y vienen remedando inteligencia. Google es capaz de enunciar en su blanca página una lista de vínculos, pero no puede pronunciarla.
El hombre ultramoderno vive con Google, corrupción de Googol. El número pronunciable que recibe el nombre de un niño que no lo puede entender cabalmente, el número que da nombre a una lista que no podemos recorrer, el número que refiere a un programa que recorre ciego, mudo, tenebroso e idiota –como los “otros dioses” del universo lovecraftiano, aquellos de los que el Caos Reptante Nyarlathotep es mensajero–, decía, un programa que recorre y enuncia, para sumergirnos en una ausencia de perspectiva.
Porque si yo me paro junto a una pila de libros, puedo decir que tanto mayor o menor soy en altura en la misma. ¿Pero si me paro frente a una lista de Google?.
Es claro que el tamaño de la pila de libros no tiene relación con la información que la misma posee, ni con el valor de la misma, pero de una u otra forma, la cultura que conocemos fue construida sobre herramientas que eran medibles, pesables, contables.
Sobre la base de estas herramientas y de otros recursos el pensamiento humano intentó durante mucho tiempo el establecimiento de certezas que le permitiesen entender el mundo, explicarlo, construir ciencia, filosofía, y técnicas diversas. Si nuestra producción intelectual ha reposado durante tanto tiempo sobre un conocimiento que apela tanto en lo real como en lo metafórico y simbólico a lo físico, ¿qué puede suceder cuando nuestras herramientas se hunden en una indeterminación no primigenia?
Es casi como una inversión del ápeiron, que ya no es origen sino que se constituye en un momento del tiempo, un presente en el que nos sumergimos. Este presente de indeterminación en la cuál nuestras estrategias para conocer parecen sumergirse en un sueño mitológico.
Las explicaciones mitológicas sustituyen la consideración atenta y consciente de la realidad por una forma de relato en la que la simpatía con la historia narrada interpreta la realidad. Cuando creemos que tales explicaciones son exclusivo patrimonio de tiempos idos, es que no estamos viendo el mundo sino por el cristal de algunas formas de explicación del mismo en detrimento de otras.
Nosotros nos interesamos especialmente por un intento de explicación, por una asignación de sentido o por otras expresiones que podamos utilizar para definir lo que dice la Filosofía, la que bastante varía de acuerdo con las distintas corrientes que la integran. Ésta se diferenció prontamente del pensamiento mitológico, es más, puede decirse que tal separación es la que marca su nacimiento. Cabe preguntarse si tal separación alguna vez fue completa.
Pero al igual que en la mitología y en las ciencias, no existe una Verdad filosófica que haya podido sustentarse a lo largo de los siglos como permanente y unánimemente aceptada.
Tal variación de las opiniones fue prontamente constatada, y ya entre los griegos aparecieron quiénes sustentaban posiciones que hacían de la Verdad algo que no podía definirse en términos absolutos. No había una Verdad, sino que habrían afirmaciones relativas a aquellos que las afirmasen.
Protágoras afirma un relativismo en el que el hombre se constituye en “la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y de las que no son en tanto que no son”. Tal punto de vista no puede sino resultar muy razonable a quienquiera que rastree las constantes variaciones entre puntos de vista, y que no se sienta convencido de la primacía de uno de ellos.
Al afirmar al hombre como la unidad de medida universal, está también diciendo que el conocimiento, no puede valorarse sino en tanto que conocimiento que los hombres tienen, cuya medida es también una medida de dimensión humana.
Afirmación referida clásicamente como relativista, se emparenta directamente con el perspectivismo de Nietzsche o de Ortega en tiempos más recientes, autores que afirman la imposibilidad de un conocimiento “absoluto”, como aquél que otros autores ponen en nuestra mente por obra y gracia de la acción de una divinidad, o por formas de conocer que son dadas como infalibles. Por el contrario, todo conocimiento humano implica la posición del que conoce, la participación interesada y parcial de éste.
Aceptando como acepto que tal interés y parcialidad no pueden dejarse nunca de lado, uno podía preguntarse si no es entonces necesario para la Filosofía el considerar la manera en que las creencias de cada época constituyen el conocimiento en la sociedad en que se vive. Para quiénes creen en que el saber filosófico es una disputa entre argumentos, tal vez esto no parezca relevante, o parezca tema para otra disciplina. Pero quiénes creemos que es parte de la producción intelectual de una cierta sociedad, no podemos hacer la vista gorda ante tales circunstancias, ya que como tal formará parte de su naturaleza.
Así tendremos que considerar a la religión que inspiraba los esfuerzos de los pensadores cristianos en otros tiempos, o la fe en la ciencia –de la que las ciencias son inocentes– de tanto otro pensador más reciente. Esto tal vez sea bastante obvio. Pero creo que además es necesario entender a cada uno de ellos como el fruto de un cierto contexto, con precisas coordenadas económicas, culturales, con determinados equilibrios en el poder colectivo y en la forma que se ancla ese poder en los procesos privados de cada tiempo. La forma que se desarrolla el conocimiento en cada tiempo, no es ajena a esta discusión.
Cuando consideramos nuestro tiempo, podemos hallar distintas voces que informan claramente de sus pretensiones absolutistas. Existe para ellos una única Verdad, a la que intentan aplicar en una homogeneización lacerante. Pero no es este un tema que vaya a tratar aquí.
También en tiempo presente podemos oír distintas voces que reclaman relativismos varios, muchas veces teñidos con los colores de las reivindicaciones étnicas, de las diversidades sexuales, de las preocupaciones regionales. Lejos de mí el pretender que tales preocupaciones no sean relevantes, ni que no tengan –y deban tener– un lugar significativo. Otra cuestión que tampoco será del caso tratar es cuál es su ámbito de realización.
Pero en el tiempo en que vivimos tales reclamos son utilizados muchas veces por una cierta articulación colectiva que se autodenomina relativista, cuando en realidad lo que parece intentar, es borrar las delicadas determinaciones del intelecto.
Muchos miran hacia nuestra más moderna bestia mitológica, Internet, la “entre redes”, al “ancho mundo de la telaraña”, a esa composición que en sus nombres apela a la vastedad, a la herramienta de captura y a un maravilloso y pequeño animal de ocho patas. De diversas formas constituye una posibilidad maravillosa para compartir y difundir; para informarse y para organizar.
Pero la telaraña puede constituirse también en nuestro propio monstruo terrible, a la vez trampa y cazador.
En la imaginación literaria de H. P. Lovecraft, más allá del mundo, existen “otros dioses” de los que nos dice son ciegos, mudos, tenebrosos e idiotas. El mundo es circundado por el “caos reptante” al que llama Nyarlathotep. De alguna manera esto parece una metáfora premonitoria del peor uso de la Red.
El moderno usuario se limita a un mundo doméstico. Más allá de su terminal, de su familia y de sus relaciones locales, existe un “caos reptante” que lo vincula y lo aísla del resto del cibermundo. Este Nyarlathotep es la propia existencia física de la red, el conjunto de los nodos, las antenas inalámbricas, las líneas telefónicas, los cables de fibra óptica, los servidores, etcétera.
Y más allá, mantenidos a la distancia por esa red que separa y al separar pone en contacto, están los “otros dioses”, programas que como antes dijimos, son una simple fluencia numérica, que sin saber lo que hacen pero remedando inteligencia, nos brindan una información inabarcable.
Para culminar este capítulo mitológico, oigamos una descripción de ese Nyarlathotep del propio Lovecraft. “A las tierras de la civilización llegó Nyarlathotep, oscuro, estrecho, y siniestro, siempre comprando extraños instrumentos de vidrio y metal, y combinándolos en instrumentos aún más extraños. Habló mucho de las ciencias de la electricidad y la psicología y brindó exhibiciones de poder las que enviaron a sus espectadores de regreso sin palabras.” Es un fragmento del cuento que lleva por título “Nyarlathotep”, según lo intento traducir.
La semejanza entre la utilización de la técnica para producir algo que se manifiesta poderoso y sorprendente es notoria, algo que se viste con las pretensiones “de la ciencia”. Pero lo que más me sorprende es cómo tal manifestación deja a sus “espectadores” –usuarios–, “sin palabras”.
No pretendo que Lovecraft tuviese poderes adivinatorios, ni que estos textos tengan el don de decir lo que ocurriría cerca de 70 años tras su redacción. Los utilizo porque señalan muy bien esa pérdida de la realidad por una realidad imaginaria, que deja sin palabras, en el acto de hacerse real, saliendo de –y vuelvo a citar– “la oscuridad de veintisiete siglos”. Suficiente tiempo como para irnos “más allá” de Tales de Mileto.
Así la realidad de una pretensión de conocimiento que no es tal, que es una enumeración vacía, se presenta como modelo ejemplar de un cierto relativismo, que por el contrario es la negación de todo relato. Es la pérdida de la historia en una pesadillesca ciénaga de Zenón.
Como antes dije, la Red constituye una maravillosa oportunidad, pero para hacer uso de ella tenemos que contar con la voluntad y el conocimiento previo necesario para lograrlo. Si carecemos de ambos, el hiposujeto amaestrado por los medios de comunicación cae en la telaraña.
Cuando un orden asume una dimensión que no puede ser recorrida, entonces, ¿qué relación tiene eso con el hombre?. Entregados a las manos inhumanas de nuestra criatura, el conocimiento se hunde en medio de los datos amorfos.
Esta es la materia en la que se dispone buena parte del conocimiento humano en el presente. La reflexión sobre la misma puede incluir otras consideraciones que irían más allá del propósito de esta ponencia, cuyo fin es plantear esta mirada, intentando nombrar, dar significado, a una realidad que conspira contra el mismo.
Las cosas asumen medidas que puedo mencionar pero no nombrar, las cosas enuncian lo que no puedo pronunciar, las cosas reciben nombres de quién no ha de dar el nombre.
Un algoritmo decide mis perspectivas, nombrado a partir de la corrupción de la palabra de un niño de 9 años, quién murió hace ya más de dos décadas.
Este presunto relativismo moderno no es tal, sino el hundimiento del entendimiento en la anomia del número sin alma, ciego, mudo tenebroso e idiota.

El texto anterior corresponde a la ponencia que presenté en el Coloquio “Relativismo, una discusión impostergable” en Setiembre de 2005

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One Comment

  1. ¡Felicidades! Uno de los articulos más interesantes y de mayor calidad que haya hayado en mucho tiempo.
    Es que en serio, me quedo sin palabras ante él: espero que al buscar en la bitacora, pueda hallar algo un poco menos elevado…


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