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1. La cultura de la sudoccidentalidad es una cultura formada a partir del pensamiento europeo como nota dominante. Durante la conquista de estas tierras, las formas locales fueron en distinta medida arrasadas. En lo que respecta al pensamiento filosófico, en tanto se trataba de un tipo de actividad no desarrollada por las culturas preexistentes, ni tampoco por las poblaciones forzosamente aportadas, toda construcción se basa en dicha tradición.

Sin obstar lo precedente, es claro como a partir del propio siglo XIX comienzan a darse intentos de generar un pensamiento propio, identificatorio y definidor de esa identidad.
Esto ha conducido a un proceso en el que la ambigüedad entre la fidelidad a las corrientes del pensamiento europeo –posteriormente europeo-norteamericano, que por economía llamaremos en general como “europeo”–, y el intento de crear propias concepciones y convicciones de pensamiento.

2. A pesar de tal origen “común” fruto de la violencia y la aculturación, aunque el mismo halla sido reforzado por sucesivas –y justificadas–, admiraciones, las condiciones que nos habilitan a pensar dentro de un mismo marco tienden a desaparecer en el tiempo.
Cabe entonces entender que desde un mismo primero momento ha de haber existido esa diferencia. ¿O podría haber sido de otro modo entre quiénes detentan el poder y quiénes son sometidos?.
Las semejanzas que sin embargo se presentan desde el tiempo de la conquista y muchas de sus manifestaciones tras la independencia –y hasta el día de hoy–, provienen de lo que Andrea Díaz llama “ladinismo”, un afán de complacer al capataz del intelecto.

3. La sudoccidentalidad es conquistada por los europeos, al igual que otras regiones del mundo, en el tiempo del pensamiento moderno. Aquél que entendía la relación cognitiva como la de un sujeto que conoce a un objeto por el artificio de representárselo. Propongo que tal modelo puede ser extendido a su forma de comprender el mundo, o más aún, que dicha forma es una suerte de reflejo su actitud política.
El sujeto, el que conoce, soy yo el europeo. El objeto, el que es conocido, es él, el americano, el africano, el sometido. La representación es el nombre y las características que el conocido reviste en mi actividad cognitiva. Cuando te conozco te hago por imposición de un nombre: un odiado caníbal, o un buen salvaje que vive en una “reducción”. Queda pendiente el nunca bien resuelto tema de la identidad entre dicha representación, y la cosa en sí, o sea, nosotros.

4. Así planteado, el largo proceso colonial llega a su término político, pero se continúa en la medida que el pensamiento de los propios colonizados sigue pensando a partir de las mismas formas, las que se aplican como si no otra forma de pensar existiese. Cuando se intenta pensar desde América, lo que se hace muchas veces es tratar de hacer una mejor Europa, más que una América filosófica.
Cabría aquí preguntarse si no se trata de la existencia de una única corriente de pensamiento mundial, que no conoce otro camino de evolución que la continuidad. Esta pregunta, tan grata al inconsciente positivismo nacional, no se sostiene si comparamos al interior del pensamiento europeo de casi cualquier época, pero aún más del período en cuestión, las grandes diversidades de opinión. En una Europa en la que coexistían Marx, Frege, Nietzsche, etc. quedaba en evidencia que no había un camino único de pensamiento. Nuestra incapacidad de generar pensamiento propio, debe ser analizada a la sombra de esa diversidad.

5. Amén de aquél mutuo apartamiento entre un pensamiento del sujeto/dominante y del objeto/dominado –a quién se niega a tal punto su identidad, que lo conocido termina siendo no él sino su representación–, se vincula naturalmente que lo que de nosotros conocíamos no fuera a nosotros mismos, sino a nuestra representación, según el europeo podía nombrarla. Sin embargo la sucesiva reflexión comenzará a socavar tal certidumbre engañosa.
La reflexión sobre la propia identidad latinoamericana, planteada ampliamente no sólo en el terreno filosófico sino también en el literario, da cuenta de ello. Esto es de por sí alejarse entre ambas cultura, ya que el europeo no necesita plantearse su apartamiento, ni interpela su identidad con respecto a un ajeno que le hace ser por sus ojos.

6. Pero en el correr del siglo XX se produce un hecho esencialmente europeo que condiciona el pensamiento posterior. La Europa de Hegel manifiesta a su espíritu en Austchwitz. Materializa el horror y la matanza desacreditando toda perfección futura garantizada. Instaura el miedo al futuro, instaura la desconfianza en el provenir.
De nada vale la negación/derrota de los gobiernos fascistas en la guerra, una y otra vez, reaparecerán vencedores, en las caras de la represión francesa en Argelia, las de los estadounidenses en Vietnam, por citar sólo dos casos. Son las mismas caras que con justificación se temen y odian del campo nazi.
Los cuerpos de las víctimas se transforman en el problema a resolver para el pensamiento europeo, ¿cómo pudimos llegar a ésto?. Europa no se pregunta ya de su poder internacional. La necesidad de auto justificarse es más importante.

7. Vemos sin sorpresa la sorprendente coincidencia del abandono de la relación sujeto-representación-objeto en el pensamiento del siglo XX. Ya no se trata de pensarme como el amo del mundo, sino de pensarme como el perpetrador de horror. El que se hace a sí mismo lo que ya venía haciéndole a esos otros, a los objetos, pero que ahora no puedo ver por la mediación de una componedora representación. Me lo he hecho a mí mismo.
El sujeto se queda sin más nada que sí mismo. Es un sujeto narcisista, es un sujeto que se refugia en la formulación lógica, o en la filosofía del lenguaje, elevando las herramientas a la nivel sustancia. La filosofía se vuelve un juego muchas veces fatuo, de especialistas para especialistas, sin que consuelo alguno sea provisto.

8. Brevemente apunto que esto confluye con un proceso de vaciamiento del pensamiento filosófico, como parte de un programa de cientifización de la filosofía. A ello, esa tarea de especialización académica, lo podemos sumar como acto de expertecnia en el que nos alejamos del amor al saber, entrando en la enumeración que sólo ama la normatividad en nuestros cuerpos.

9. Pero para el sudoccidental pensante, ¿que fue del horror europeo?. Sólo por la empatía, por la prensa, por la literatura y el cine, por el relato del emigrante hacemos parte en Hiroshima, en Buchenwald, de los bombardeos aliados sobre Alemania en el ‘45. No es nuestra historia, sino la historia de ellos, que con sus consecuencias nos moja. No es nuestra y por ello no es la materia de la que nuestro pensamiento se nutre para reflexionar.
No es raro que en los ‘60 se desarrolle una corriente como la Filosofía de la Liberación, interesada en un tratamiento del Otro (la cosa, el que no soy yo que aún me veo semieuropeo), e interesada en la ruptura de los lazos de dependencia, la relación que me aliena de ser el centro de mi historia y mi circunstancia.

10. Y entonces la historia nos proporciona nuestra propia tragedia. Los europeos tuvieron su guerra, nosotros tuvimos nuestras dictaduras. La desaparición y la tortura, la persecución y el exilio, el encarcelamiento y la militarización de la sociedad son nuestra peripecia por el horror que por mera compasión no podíamos asumir.
¿Estoy proponiendo una supuesta necesidad de tal experiencia? Nada más lejos de mis intenciones. Lo que digo es que así cómo el europeo tuvo su experiencia del horror, y desde ahí continúa su proceso de pensamiento, nosotros tenemos la nuestra, que reviste enormes diferencias, y que desde ahí tenemos que seguir nuestro proceso de reflexión.

11. Cuando se rompe la relación sujeto-representación-objeto, ellos se quedaron con el sujeto. Nosotros con el objeto.
Y el objeto se trató a si mismo con la prohibición de nombrarse. Se identificó el reclamo con un nombre del pensamiento europeo (marxismo-leninismo). Se identificó el culpable con un nombre en ocasiones de mención prohibida. Se identificó el cuerpo como un cuerpo que nunca más sería pronunciado, ya que se le desaparecía. Se identificó el lugar de la amenaza como un infierno moderno –la sala de tortura–, en el que ser castigado en esta vida, por un estado/dios que actúa con prescindencia de fronteras (ausencia del nombre de trascendencia y ausencia del nombre de mi colectividad). Y en el caso uruguayo, se negó el nombre de cárcel ubicándola en Libertad.
Toda la dictadura contiene una negación del nombre, y es que el objeto no puede pronunciar al objeto, ya que esa era la función del sujeto. Así que los objetos estábamos ahí para ser clasificados (A, B, C); estábamos ahí para recibir las órdenes; estábamos ahí para reconocernos sólo en tanto que un otro que no se pronuncia por el temor a pronunciarse.

12. Esta es una discusión de la que simplemente hago un esbozo. Todo lo precedente permitiría un tratamiento mucho más exhaustivo. Pero antes de terminar, haré aún alguna reflexión sobre nuestra naturaleza de objetos en mutua relación, y sobre el mundo que siguió, al mundo silencioso del cono sur.

13. Tras las dictaduras los especialistas se hicieron cargo de las actividades políticas, culturales, sociales. Ya no se pide la opinión al político, sino al politólogo. Ya no cuenta la pertinencia de la decisión del gasto, sino el equilibrio de variables para economistas. Y no es que yo me niegue al papel que el politólogo o el economista pueden y deberían tener en la sociedad. Me niego a la entronización de su opinión, a la expertecnia mediante la cuál los objetos hacemos carne las leyes de su ciencia humana, aquella con la que nos deshumanizamos en la renuncia a nombrarnos.
Ese es el reto político.

14. Somos objetos en el mundo de los objetos. El reto filosófico será pues pasar a ser objetos que nombran. Ser capaces de dar cuenta de la diferencia entre uno y otro objeto, concebida a partir de las distancias entre uno y otro objeto.
Se trata de trazar el mapeo entre objetos, que el relato de los antagonismos y sucesiones, vaya formando una descripción, en la que puedo nombrarme a partir del intervalo que se establece entre objeto y objeto.
Ya no habría uno que conoce y uno que es conocido, sino conocimiento por la mutua disposición, en la que hago inteligible relaciones de diferencia, entre los que sólo a partir de dichas relaciones –y relación es también relato– me constituyo en un objeto que puede pronunciarse.

El anterior artículo lo publiqué en la Revista Arjé en su número 6 publicado en Diciembre de 2005, con el título “BOSQUEJO DESDE EL OBJETO. Para una reflexión desde nuestra situación”. Del mismo suprimí para su edición aquí las notas al pié y algunas pocas palabras las cambié

Este artículo, incluyendo la nota anterior, fue publicado en “Maten a Sócrates” en Blogger. Luego lo trasladé a “Flax et Pango” en Bitácoras. Ahora lo traslado a este lugar, manteniendo la fecha de su publicación original en Blogger.

Esta versión corregida -por ello mismo- descarta versiones anteriores.

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