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La Voz que Arma

Ilusión y realidad en el la libertad mediada

Una reflexión a partir del cese de RCTV

imprenta a la derecha y a la izquierdaEn fechas recientes en Venezuela el gobierno canceló la concesión a RCTV, con lo que se generó una intensa discusión pública internacional. Una posición en esa disputa ha contrapuesto la libertad de prensa, con la autoridad que la restringe; mientras que en otra se presenta el deber del Estado velando sobre los contenidos que se brindan, enfrentado a los intereses de ciertos particulares y su intención política.

Bien vista, la libertad de prensa no puede homologarse a la libertad de expresión. Aquella es una libertad de los que tiene el dominio o propiedad de un medio de prensa, mientras que ésta es un derecho ciudadano.

No pudo existir, por cierto, la libertad de prensa antes de la invención de la misma. Así cuando en el período que nos han enseñado a llamar Renacimiento aparecen las imprentas, surge la exigencia de que lo impreso en las mismas sea liberado de los controles del Estado y de la Iglesia. En ese momento de la historia, la imprenta está en manos de algunos habitantes de las ciudades, y comienza por producir Biblias, en los días en que las guerras de religión estaban en Europa a la orden del día.

Ahora bien, los principios de la imprenta eran ya de mucho tiempo atrás conocidos por los chinos, quienes no la llevaron en ningún momento a convertirse en un sistema de “tipos móviles” cómo el que se planteó en Europa. Una explicación posible es que cualquier alfabeto europeo se compone de unos pocos caracteres, mientras que la lengua ideográfica china está dotada de un número mucho mayor.

Sin embargo, por vasta que la colección fuese, no sería infinita. Así, la posibilidad de la creación de la imprenta estaba ahí. Debemos entonces preguntarnos porqué en esa China que se hallaba en la avanzada técnica no surge la imprenta, cómo sí lo hizo, por ejemplo, la pólvora.

La respuesta es que en Europa, durante el transcurso de las “luminosas edades oscuras”[1] se había desarrollado una clase social que se hallaba disputando en forma creciente espacios de poder en la sociedad feudal: la burguesía. Para ésta, la existencia de los libros impresos, fue en un primer momento la necesidad de contar con un arma ideológica con la que enfrentar al Papado y al Imperio.

Será más adelante que desde el siglo XVII que aparecerán los periódicos, publicaciones en un comienzo distribuidas a suscriptores, y que poco a poco irán cobrando importancia. Pero aún no hemos llegado a ello.

La imprenta, invención técnica, fue posible sólo porque existía una necesidad social a la que responder. Sin ésta no hubiese existido o hubiese sido un mero juguete, una curiosidad entre las chucherías de algún reyezuelo.

La imprenta, la prensa, reclamaba ser libre, esto es, reclamaba la libertad para la clase social que en ella veía una herramienta que posibilitaba su desarrollo.

Es por ello que digo que la libertad de prensa no es otra cosa sino una libertad de clase. Esto nos permite entender la naturaleza del mensaje ideologizado que brindan los medios de comunicación. Este mensaje, incluso tras la máscara de la más ubérrima libertad, se constituye a partir de una censura perenne, fruto de esa visión sesgada.

Es que así cómo la libertad de prensa se reclama tal ante la censura de los poderes de la Iglesia y del Rey y se constituye por eso mismo en la natural antagonista de aquellos poderes. Lo que niega el poder en una sociedad feudal se convierte en la negación afirmada en una sociedad burguesa. Así no podrá ser esta libertad otra cosa sino la afirmación que niega a su vez las voces que el desarrollo de la historia traerá a cuento en una siguiente etapa.

Para conseguir su reinado, la libertad de prensa necesita una justificación que la legitime. Se presenta entonces como una voz que controla, revela, difunde, informa. Todo ello en beneficio de una parte del todo social, al que se presentaba como si fuese íntegramente éste. Recordemos que el pueblo llano, rara vez sabía leer.

Así que para el burgués en siglos recientes, no aparecerá contradicción alguna entre la libertad de prensa y la libertad de expresión a secas. La libertad de prensa no es sino la libertad de su expresión.

Pero según se difunde el conocimiento de la lectura, comienza a hacerse obvio que la libertad de prensa implica de sí siempre y en todo caso, una opción interesada, un juego parcial en una dinámica política específica.

Por más que los iniciales movimientos socialistas –en el sentido más amplio e inclusivo– del siglo XIX utilizasen de imprentas[2], y por más que la profesión de “imprentero” haya dado dirigentes a esas actividades, prontamente será el Estado Burgués el que deberá silenciar las prensas de la nueva clase que comienza a desenvolverse bajo los cielos erizados de chimeneas. Sin embargo, mejor aún que el silenciar prensas, será el utilizar la propia, como forma de presentar una interpretación de los hechos, que la legitime ante quién es controlado.

Ahora podemos decir que la libertad de prensa se revela en una libertad que controla, no ya al que está en el poder, sino al que lo disputa. No es ya una libertad que difunde, sino que transmite una interpretación alienante. No es ya una libertad que informa, sino que es una herramienta de desinformación. La sociedad que lee, es ahora una sociedad en la que se revela a la libertad prensa para evitar se rebele en busca de libertad.

Cómo en la danza de ilusión de las mitologías indias, la libertad de prensa esclaviza al atar al mundo aparente, el mundo de un discurso que no va a lo que las cosas son. La ilusión de las cosas, es la ilusión de cómo se nos muestran como cosa, lo que no es sino palabra vana.

La ilusión de libertad sacrifica la libertad de expresión a favor de la libertad de prensa. Esta ilusión es lo virtual como falsa visión, contrapuesto a su vez con lo virtual cómo poder de lo real. El imperio de las miradas oculta la lámpara, incluso si está encima de una mesa, ya que para ver no se depende de mirada alguna, sino de los ojos en sí.

Llegados a nuestra actualidad, la prensa ya no refiere al papel, sino que lo hace al tubo hogareño que nos señala “que es” el mundo que es. La fetichización, como proceso central en la dinámica de una sociedad capitalista, conduce en último término a la fetichización de la imagen, que se convoca a sí misma, como realidad última.

Y no se trata sólo de mostrar o decir algo que no es lo que es, sino que incluso se puede constituir en expresión alienante alentando la desemantización de lo que es, trivializándolo, o asociándolo con otras formas de vacuidad.

La potencia del órgano, es silenciada por la voz que lo invoca, para negarlo. El órgano sin embargo puede hacerse cargo, expresándose, autoenunciándose, siendo boca que se dice.

Porque hasta ahora hemos visto como se constituye la forma de negación de la libertad de expresión que es la libertad de prensa. Ahora pasaremos a ver cómo puede esto dejar de ser así.

Virtual se dice recientemente, de aquello que no siendo real, aparece cómo tal[3]. Virtual, se decía anteriormente, de la imagen de la cosa que se constituía en el espejo. La realidad de la antigua virtualidad se reconocía irreal en la inversión de su derecha y su izquierda. La realidad de la actual virtualidad se reconoce en la negación de la virtud de lo real.

La virtualidad de los espejos era un simple artilugio para vernos, era un elemento que posibilitaba la reflexión de la luz. La virtualidad del mundo actual es la cancelación de la luz refleja, en pos de la luz emitida. La realidad de la emisión conlleva la fetichización de la imagen[4] como forma plena de la sujeción actual a una ilusión, esto es como negación real de la realidad[5].

Tomemos ahora brevemente por otro camino.

Desde siempre el pensamiento ha sabido ocuparse de diversas cosas. Desde las más usuales hasta las más ajenas a la experiencia cotidiana. Y ese ejercicio del pensamiento llevó también a pensar en el propio pensamiento. No como un juego de lógica vacía, sino bajo la forma de la reflexión.

El pensamiento que se mira en el espejo, la reflexión, puede al verse a sí mismo objetivarse. No importa la inversión de izquierda y derecha, esto simplemente es identificado y corregido por el entendimiento: el pensamiento reflexivo supera lo meramente formal, llevado de la significación, de la semántica de lo pensado.

Pero esa identificación de lo semántico en la imagen refleja, sólo es posible por la experiencia que nos lleva a tocar en lo real lo inverso a lo virtual, reconocido como tal. Así reflexión y práctica se hermanan, y posibilitan que el que se refleja se reconozca fuera del espejo, y utilice la reflexión como herramienta para decir de sí.

Este decir de sí, semánticamente cargado, es lo que llamo autoenunciación, entendido como praxis liberadora.

El mundo de la imagen fetichizada es –en el mejor de los casos– el mundo de la muda sintaxis, de la inversión virtual. Y en los casos peores, el de la plena sujeción a una imagen vuelta cosa.

La virtualidad se niega mutuamente con el poder virtuoso. Este es el poder que surge de la praxis liberadora, de la autoenunciación, de la reflexión y la práctica aunadas. Es el que lleva de sí la necesidad de la sociedad a ejercer su derecho a la libre expresión, más allá de los intereses de los dueños de los medios.

En el contexto de una sociedad en proceso de cambio, en el que se comienzan a cuestionar los privilegios de clase, naturalmente los medios se constituirán en la voz y conciencia de las clases dominantes, e intentarán revertir lo real en ilusión.

Pero este enfrentamiento, como todo el resto de la lucha de clases, no se da en el puro vacío de una ponencia académica. Se da en sociedades reales, históricas. Las sociedades de la modernidad se constituyeron en sociedades Estatales, como forma de institución principal, que permitía una síntesis de las fuerzas actuales y vigentes en la misma.

Afirmaré –y no más que eso, ya que tratar este tema excedería lo que me propongo en este trabajo– que todo Estado es la expresión de la síntesis política en una sociedad dada. Incluso la transmodernidad lo que hace no es acabar ni debilitar al Estado, sino modificar las bases sobre las que este opera.

Una sociedad en la que el pueblo[6] avanza en el desarrollo de una praxis liberadora, llegará a apropiarse del Estado, y esto lo constituirá en síntesis autoenunciadora. Muy por el contrario, un estado autoritario, orientado a satisfacer los intereses de clase de los poderosos, se constituirá en una síntesis silenciosa.

Así como la libertad de prensa, en tanto libertad de las burguesías, nace negando la autoridad feudal, para afirmar su libertad y de ahí a negar la libertad de expresión como libertad del pueblo que no es burgués; la libertad de expresión se constituye como negación de la libertad de prensa, y a partir de ahí afirma la autoenunciación popular.

Toda sociedad que cuente con un Estado que actúa como síntesis autoenunciadora, será una sociedad en la que el Estado tendrá el deber de aceptar o no las versiones desplegadas en los medios.

Dicho poder no se constituirá en uso autoritario, siendo ese Estado autoenunciación en la sociedad que lo constituye. Sólo se podrá llegar a ello en tanto se recorra un camino de profundización democrática que permitirá esa praxis liberadora colectiva. Ese reconocimiento de lo que es izquierdo o derecho, incluso en lo reflejo, por la semántica que implica.

Esta profundización no será ajena a conflictos. La sociedad sin conflictos no es sino parte de esa ilusión, de lo que no es y se presenta como siendo. Pero la crítica que arma, es la crítica de esa reflexión en la que la propia voz se constituye en pueblo armado.

La ilusión de los que se dicen silenciados -usada como poderosa arma contra aquellos a los que históricamente silenciaron-, es negada por el nuevo poder en la voz que arma a los que ahora dicen de sí creando su propia historia.


[1] Es el título de un libro de Carlos Antonio Aguirre Rojas, que explica en términos marxistas la transición desde la Antigüedad Clásica al Medioevo, del Esclavismo al Feudalismo. Me pareció oportuno traerlo a colación para enfatizar la “luminosidad” y dinamismo de la sociedad feudal, cuando justo hablo de su transición a la sociedad capitalista.

[2] Lenin incluso en el comienzo del siglo XX propone en “Que hacer” la tarea de un periódico partidario de alcance nacional. Hay que comprender que no lo promueve por ser un medio de prensa lo propuesto, sino por ser una tarea que podía vertebrar a todo el Partido a escala nacional. http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/qh5.htm

[3] La discusión de lo virtual que sigue implica una reflexión que tiene su deuda con lo escrito por Ricardo Viscardi en “Guerra en su nombre”, pg. 64 y siguientes, si bien mis conclusiones al respecto son otras. Por ello toda similitud es un acto intencional de respuesta.

[4] Sería también muy interesante un estudio sobre la economía de la imagen implícita en esto.

[5] Podría agregarse que esta sujeción opera sujetando a un sujeto tan irreal como la imagen. De ahí el rechazo al sujeto, invención de la modernidad capitalista.

[6] Utilizo “pueblo” en el sentido en que lo realiza Dussel en “20 Tesis de Política” pg. 89 y siguientes.


Presentado como ponencia en el Coloquio “Pensar lo Regional en un Contexto Global”, (III Coloquio de Pensamiento y Actualidad) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, jueves 27 de Setiembre de 2007.”

Publicado como artículo en el número 120 de la Revista Estudios, Marzo de 2008, Motevideo, Uruguay

La verdad es opaca

A propósito de la aparición de los cuerpos en un mundo que excluye

marcha sepelio ubagesner chavez sosaDesde la oscura entraña de la tierra son extraídos los huesos, blancos y por ello opacos, de lo que en vida fuera un hombre comprometido con su tiempo. Tal vez no pudiese ser de otra manera: en un tiempo en que la edificación ideológica pasa por una presentación que, a imagen de la caverna, se pretende luminosa realidad, como opuesta a las sombras falaces que han de ser abandonadas.

Al igual que el proyecto platónico, el proyecto dominante es un proyecto de los poderosos, de quiénes se autonombran guardianes de los guardianes. Desde esta posición articulan su campo de luz, como una luz que enceguece, como la negación de de toda determinación cierta. Resultado natural del proceso del iluminismo racional, y no su anomalía.

Quiere quién formula la alegoría, que el que habita en la caverna crea que su mundo era un mundo de sombras, de irrealidades. Tal cosa hubiese sido, si vivir el mundo de la caverna fuese sólo el vivir un mundo de la visión. Pero en la oscuridad, otros sentidos se habrían agudizado. Y en ningún caso se desconocería la propia realidad, como cuerpo, que no como sombra.

Así el deslumbrante exterior, se constituiría en un mundo en el que la visión se vería imposibilitada, pero no por ello el tacto o los otros sentidos. Tampoco habría, pues, en el afuera más realidad que en el adentro.

Esa vieja alegoría establece claramente la elección de la vista como determinante de lo real, y como hijos en la historia de su tradición, hemos estado sometidos al fantasma de la luz y de la sombra, antagónicos demonios, y como todo demonio, mera “mentira religiosa”. Pues la luz sólo cobra alguna significación a nuestro entendimiento cuando es reflejada por un cuerpo opaco.

Así que tal negación –la negación de la realidad de lo real– presentada como luminosa, surge desmentida por el hallazgo. Y el hallazgo marca diversos sentidos. Marca el sentido de la historia, indicando la necesaria recuperación del mismo. Marca el sentido del presente, indicando la actualización de su realidad. Marca el sentido del futuro, como compromiso práctico a ser asumido. Hablemos primero del sentido histórico.

En el Uruguay la instauración de la racionalidad tecnócrata se realiza en dos movimientos: la ley de Estado de Guerra Interno, -instauración del técnico de la violencia-, y la ley de Caducidad –instauración del expertécnico[1], negación del saber, y negación del otro.

Es claro que entre otros propósitos, la Dictadura tenía el de establecer un cierto discurso de interpretación de la entonces “historia recientísima”. Tal sentido pasaba antes que nada por su justificación en una ley fundante, la Ley de Estado de Guerra interno.

Una ley es una expresión de la relación de fuerzas existente en un momento dado en una sociedad dada. Pero la finalidad por la que tenemos normas, la finalidad por la que las mismas son marcadas, no es la sanción al infractor, ni el solo reconocimiento de las fuerzas que son. Se trata en realidad de una acción performativa que apunta a la construcción de la conducta del buen ciudadano y a la perpetuación del estado de cosas.

Además el poder militar utilizó las cárceles, la tortura y la persecución performativamente. La sociedad laica hacia necesario constituir materialmente un infierno, un espacio de temor, que ordenase negativamente la conducta. Sin embargo el rol que se asignaban a sí mismas no era el de demonio sino el de Dios Iracundo, juzgando desde el final de los tiempos, desde el fin de la historia.

El militar se presenta entonces como una figura ajena a lo político. Tanto los grupos políticos demonizados, como los viejos políticos, son presentados como enemigos de una racionalidad de la luz, del orden y el progreso. Es el viejo mito de la existencia de una razón más allá de la historia o de los hombres que la construyen, una razón que es previa, y que el militar como técnico en violencia y guardián de los valores viene a restaurar.

Pero tal como señala el aristócrata ateniense, el mejor gobierno no es el de los militares, sino el del filósofo, o para su caso, del expertécnico en su impostura.

Al producirse la apertura democrática pasa a cobrar espacio protagónico la figura del expertécnico –éste ya estaba presente, ahora cambia su posición. Porque lo que se reestablece no es la vieja democracia uruguaya, sino otra, en la que el viejo clientelismo es sustituído por la presencia de dispositivos de un saber técnico prescindente. A partir de ahí el militar pasa a ocupar una posición de demonio, lugar que él ya había asignado a un otro.

La sindicación del militar como demonio, lo subordina al Dios Justiciero. El político, transustanciado en expertécnico, es quién pasa a ocupar el centro del firmamento, y es él quién con su gracia ofrece el perdón a quiénes son presentados como los únicos contendientes. Se consuma la sustitución de la historia por un mito.

A partir de ahí el expertécnico, puede blandir la amenaza del demonio militar. Cómo cuando un joven de mal aspecto sube al ómnibus para pedir dinero, y dice que lo hace para no robar, lo que lleva de suyo la admonición, dame tu dinero o te lo voy a robar.

Es interesante ver como algunas de las características con que es entrevisto el demonio militar se aproximan a cómo es visto el excluído social: son feos, morochos, violentos, pueden romper la calma de tu vida privándote de tus bienes y de tu salud. Y el poder expertécnico es un Dios que Juzga –es el poder ejecutivo quién dice si se aplicará la Ley de Caducidad–, pero a la vez es un Dios incapaz de mantener todo el tiempo a raya a sus demonios.

Los dos demonios nombrados, los militares y los por ellos llamados subversivos, son demonios del Dios en el poder. Son un dispositivo mítico falsamente triádico, ya que el demonio subversivo, es un demonio ausente. Su hueco oculta que la verdadera lucha contra la dictadura se libró desde otras expresiones de la izquierda política.

Entonces logra el interés de ese Dios en el poder su victoria imponiendo la Ley de Caducidad. Ley que queda así hermanada con la Ley de Estado de Guerra Interno. Una es la ley que instituye al experto en violencia, la otra es la que instituye al expertécnico. Ambas cierran el círculo, y establecen la necesidad de la exclusión, concebida como el dispositivo ineludible en que reposa el orden social.

La ley, dispositivo fundante de la autoridad de la que emana, es justificada y presentada como necesaria, esto es, como voluntad. Autoridad y norma, se relacionan siempre en una relación dialéctica. La autoridad es quién pronuncia la norma, y la norma es la que fundamenta la autoridad. Pero ahora además, lo que hace es constituirse en autoridad que excluye la realidad sobre la que actúa, fundando el poder sobre la negación. La norma funda así un poder excluyente, y desde el mismo se pronuncia quién estará dentro y fuera del círculo de los salvos.

El expertécnico sustituye al político. Los temas ideológicos serán dejados de lado, los temas sociales deberán resolverse mediante la participación de organismos asépticos.

La norma de máxima autoridad ya no se pretende que sea la que dimana del poder efectivo/represivo/económico, para ser la autoridad impersonada en el conocimiento técnico. El poder de un saber que se presenta como ausente del campo político, genera un campo político que no se asume. El lobo no se disfraza de oveja, se hace invisible.

La total visibilidad social invisibiliza los agentes de poder, re-invisibiliza la normatividad como respuesta a la visibilización de la que había sido objeto en la discusión del dispositivo legal que la sustenta.

En un mismo discurso sobre el poder se embandera el gobierno, las ONGs y las bandas anarco-punks. Lo político como anatema. El conocimiento es presentado como prescindente de lo político. Todas las culpas se cargan sobre el espacio de lo político. Lo político no es presentado como un demonio, sino como la condición de lo demoníaco.

La negación de lo político, como espacio de resolución del poder en lo social y como realización de la experiencia individual, lleva consigo la ceguera ante la historia, como campo de experiencia de la sociedad y realizadora del presente. La historia es sustituida por el mito, y a veces simplemente por el olvido de sí. Por la instauración de la eternidad.

La eternidad es la negación de la historia, el sueño la negación de la vigilia. La cultura dominante en el Uruguay excluido pasa entre otras cosas por negar la historia –discurso expertécnico postpolítico– y por negar la realidad que esta ante sí, a favor del ensueño estadístico, una luz tan brillante que ciega.

Los hallazgos de restos humanos de comunistas asesinados por la Dictadura se constituyen en el elemento material a partir del cuál se restituye la historia. Pero para llegar a ello, debemos comprender cómo se llega hasta ahí.

En 1999 cuando Jorge Batlle gana las elecciones promueve la creación de una comisión que tratará expertécnicamente el tema de los crímenes en la Dictadura. ¿Por qué lo hace?

Por un lado no podemos dejar de considerar que desde 1998 el modelo impuesto en lo económico hacía agua. Las crisis internacionales, y las regionales auguraban un futuro incierto, incluso sin necesidad de catástrofes sanitarias. Si bien la entidad de la misma no era aún clara, era claro que se produciría.

Por otro lado, los partidos tradicionales eran conscientes de la constante pérdida de apoyo electoral. Jorge Batlle intentaba hacerse de una de las banderas tradicionales de la izquierda, que resolvería de acuerdo a sus intereses y a las modalidades que le eran posibles, reafirmando de paso el valor del expertécnico.

Por último en tanto las condiciones de exclusión social se hacían más duras, constituía una buena estrategia eliminar viejos problemas para tratar luego de nuclear a la sociedad integrada en oposición a la sociedad excluida. Si se aclaraba la verdad, esto consagraría la verdad de la norma que justificaba finalmente la exclusión. Consagraría la perpetuidad de un mundo establecido bajo una sola voz, un mundo en que la política ha sido demonizada. Un mundo en que el ejecutor de la violencia inaugura la exclusión para instaurar a los excluidos como nuevo campo del horror, que nos sujetan por el miedo. La cárcel cede su lugar al asentamiento, la tortura a la rapiña.

Sin embargo la crisis debilita al círculo, y genera, aún más, una crisis en la confiabilidad del expertécnico. Conlleva la crisis en la creencia en la inevitabilidad de la exclusión, y marca la necesidad de revisar el rumbo económico, como primer acto.

Sin embargo, los mitos de la edad de oro uruguaya se hallan más que nunca vigentes, y apuntan por tanto no hacia una comprensión histórica y materialista. ¡Ni siquiera hacia una visión utopista! La cultura dominante se vuelve en una retrotopía.

Retrotopía es un neologismo que se me ocurre oportuno, para expresar a la finalidad entrevista a partir del mito de una edad de oro uruguaya. Recuérdese que U – topía significaba “no lugar”. La Retro – topía, significaría el lugar de lo que estaba atrás, implicando así un lugar que no podemos ver, pero que es constituyente de nosotros. Por otro lado, en tanto Retro también indica lo anterior, señala el lugar del tiempo pasado, de lo que fue y no es. De lo que es imposible. Así, lo que no podemos ver y nos hace, es imposible de presentarse en el futuro, a pesar de que depositemos la esperanza en ello.

La retrotopía se halla instalada en la raíz mítica que la expertecnia no puede tocar. El técnico en tanto que otro para los más, halla espacios que le son vedados, residuos de la tradición de la sociedad que ha intentado sustituir. Una sociedad desmovilizada por el dispositivo excluyente, no puede sino pensarse a sí misma míticamente, alejándose entonces de la posibilidad de realización, e impidiendo la comprensión de lo real.

Esta retrotopía reclama la necesidad de cumplir acciones políticas que atienden las necesidades de la gente; pero también de revisar, de atender al pasado. A diferencia del círculo eterno, transhistórico, de la expertecnia, la retrotopía necesita pensar el pasado. Pero en la medida que apunta a un pasado constituido en un discurso idealista, entra a su vez en crisis al tropezarse con la realidad de las huellas materiales del pasado histórico.

Así llegamos hasta lo que llamo el sentido del presente.

La retrotopía y la expertecnia se ven diversamente amenazadas por la realidad histórica que representan los hallazgos de restos humanos.

La primera ve cuestionada su caracterización de proyección al futuro de una historia mítica, en el desafío de la reconstrucción de un pasado real, que permita proyectar un futuro según un proyecto materialista.

La segunda ve cuestionada su razón de ser, ya que lo que revelan los hallazgos son dos cosas. Primero el fracaso de la Comisión para la Paz, y por ende del proyecto especialista, en la tarea de enunciación de la verdad.

Segundo pone de manifiesto que la obra de otros especialistas, de aquellos que en nombre del orden y el progreso, de la eliminación de la corrupción y del peligro exterior, cometieron tales crímenes.

La razón expertécnica queda ella misma pues en entredicho, y es posible repensar su pertinencia en las diversas áreas de la vida social.

No es ajeno, sin embargo, a la fuerza política en el poder, la impostación que ejercen retrotópicos y expertécnicos en su seno; ubicados en posturas que no deciden avanzar en el sentido de una profundización de las dimensiones de la historia. Ello no podría ser de otro modo, ya que tales articulaciones del pensamiento y la práctica son consustanciales a la ideología dominante en el Uruguay presente, enquistada también en algunos elementos del gobierno.

Tal impostura sólo puede ser quebrada entonces a través de la restauración del discurso histórico.

Los huesos en su opacidad, se constituyen en verdad. Son la referencia de una arqueología que desnuda las discontinuidades, en las que construimos la continuidad de nuestra experiencia.

La anulación de la Ley de Caducidad, implica la deslegitimización de la otra, -de la del Estado de Guerra Interno- y consecuentemente, una reinscripción de la historia –historia como discurso ahora–, posibilitando la construcción de una historia como práctica contra hegemónica.

Y sólo con dicha anulación es posible la destrucción de la cultura mítica de la exclusión y sus ramificaciones prácticas, la expertecnia y la retrotopía.

Por una afortunada coincidencia de la lengua, en castellano anular, referido al anillo, y anular, hacer nulo, se escriben y pronuncian igual. Podemos por tanto utilizar la lengua para entender como la anulación de la norma, lo que rompe es un compromiso, señala el fin de una alianza, la ruptura del círculo.

Así que llego al sentido del futuro, entendido como aquello que no es real, y que sin embargo un esfuerzo colectivo hará real, ya sea como tragedia o como comedia.

El hallazgo opaco, la voz que viene de la oscuridad, nos interpela y manifiesta las impostaciones del presente, obligando al reconocimiento de la necesidad –como voluntad– de la anulación de la Ley de Caducidad.


[1] Expertecnia es un término introducido por Ricardo Viscardi en su libro “Guerra en su Nombre”. La explica como “alejarse del saber pasando por el conocimiento” especialmente en el caso de las actuales sociedades “del conocimiento”. Agregaría que en tanto tecnia viene de tejné, lleva a su vez que este “viaje” se realice como un movimiento en que el “cuerpo del conocimiento” es sustituido por un “cuerpo de reglas”. Yo utilizo abundantemente “expertécnico” como aquél que actúa según tan poco loable marco.

Texto de la ponecia que presenté en el Coloquio “Crítica-Crisis-Espacio La Filosofía en el Contexto Actual” realizado en Octubre de 2006

Ciegos, mudos, tenebrosos e idiotas

La pérdida de la medida en los brazos del buscador

escher sobre fondo verdeGooglol es un número, es 10 elevado a la 100. Es un número que puede ser representado, en notación científica o decimal, pero que no puede ser contado, si por tal entendemos contar objetos. Es que la cantidad de partículas en el universo conocido se halla entre 10 elevado a la 70 y 10 elevado a la 80. Googol es un número que no sirve en el mundo de los objetos.
También es el origen, por equívoco, del nombre de un buscador: Google. Cuando fueron a registrar la dirección electrónica del sitio, se equivocaron, y cambiaron de Googol, a Google. Hoy muchos dicen Google por Googol.
Pero el nombre de Googol, a diferencia de los nombres de los otros números, es un hombre rastreable en tiempos históricos. En 1938, un matemático Edward Kasner, solicitó a su sobrino de 9 años que diese nombre a un número muy grande. El nombre imaginado por el niño fue Googol.
Googol era tan grande que no se podía tocar, pero sí se podía escribir, o se podía pronunciar. Para solucionar tan horrible circunstancia, un mundo que aún es a nuestra medida –al menos en parte-, fueron creados Googolplex y Googolplexian. Googolplex es 10 elevado a la Googol. Googolplexian es 10 elevado a la Googolplex. Ninguno de ambos puede escribirse en notación decimal, la cantidad de partículas en el universo es inferior a las cifras requeridas, incluso si pudiésemos escribir una cifra en cada una de esas partículas.
El papel me ha quedado corto, pero aún tengo un nombre, un nombre bien adjudicado para nombrar una realidad que puedo entender, pero que no puedo recorrer.
Y entonces llegó el buscador.
¿Qué es un buscador? Es un programa que recorre permanentemente la Red, y recopila información. Cuando solicitamos algún dato, ese programa realiza una serie de operaciones y nos da una lista de vínculos, a sitios en los que el dato parece estar.
Quiero aclarar aquí que cuando hablo ahora de recorrer estoy dando a tal vocablo un uso diverso de aquél que corresponde a pasar a lo largo de una cierta distancia que pueda existir. ¿Qué es recorrer la red?. Es ir teniendo acceso a diversas conexiones, a diversos documentos acumulados en distintos servidores, y dando cuenta de lo que allí está registrado. Y debemos recordar que tanto cuándo hablemos de texto o de imágenes, en última instancia, siempre hablamos de algo que es registrado como número. Y sólo como dos de ellos: “1” y “0”.
Así, si en el casillero diseñado a tal efecto ponemos “Aristotle” (Aristóteles en inglés) o “Plato” (Platón, en el mismo idioma), obtendremos por cada uno algo más de 4 millones y medio de vínculos. Kant apenas queda más atrás con unos 4 millones, Nietzsche apenas supera a Descartes ambos algo por encima de los dos millones, pero para felicidad del último, Dios (por supuesto, en inglés) los supera a todos con 57 millones de vínculos.
Una primera, ingenua visión de este panorama nos puede hacer pensar con alegría en la vastedad de la información disponible. Pero la lista de Google no es una verdadera lista, es una farsa monstruosa.
Una lista es algo que puedo recorrer, lo que ahora significa algo que puedo revisar. Un conjunto de ítems que puede ser atendida punto a punto. Una lista de algunos millones de vínculos no puede ser recorrida humanamente.
Cuando Foucault hablaba de la Enciclopedia China según es imaginada por Jorge Luis Borges, hablaba de una parodia de orden, hablaba de un orden absurdo, pero de un orden posible y humanamente recorrible. Cuando Google escupe su orden enuncia un orden posible pero inhumano.
Cualquier orden humano permite esa recorrida metafórica pero alcanzable para el hombre. La recorrida de Google, del programa que lo anima, es una tarea cumplida por una máquina real, con el alma que le brinda un conjunto de números. Números que se alternan en bits que van y vienen remedando inteligencia. Google es capaz de enunciar en su blanca página una lista de vínculos, pero no puede pronunciarla.
El hombre ultramoderno vive con Google, corrupción de Googol. El número pronunciable que recibe el nombre de un niño que no lo puede entender cabalmente, el número que da nombre a una lista que no podemos recorrer, el número que refiere a un programa que recorre ciego, mudo, tenebroso e idiota –como los “otros dioses” del universo lovecraftiano, aquellos de los que el Caos Reptante Nyarlathotep es mensajero–, decía, un programa que recorre y enuncia, para sumergirnos en una ausencia de perspectiva.
Porque si yo me paro junto a una pila de libros, puedo decir que tanto mayor o menor soy en altura en la misma. ¿Pero si me paro frente a una lista de Google?.
Es claro que el tamaño de la pila de libros no tiene relación con la información que la misma posee, ni con el valor de la misma, pero de una u otra forma, la cultura que conocemos fue construida sobre herramientas que eran medibles, pesables, contables.
Sobre la base de estas herramientas y de otros recursos el pensamiento humano intentó durante mucho tiempo el establecimiento de certezas que le permitiesen entender el mundo, explicarlo, construir ciencia, filosofía, y técnicas diversas. Si nuestra producción intelectual ha reposado durante tanto tiempo sobre un conocimiento que apela tanto en lo real como en lo metafórico y simbólico a lo físico, ¿qué puede suceder cuando nuestras herramientas se hunden en una indeterminación no primigenia?
Es casi como una inversión del ápeiron, que ya no es origen sino que se constituye en un momento del tiempo, un presente en el que nos sumergimos. Este presente de indeterminación en la cuál nuestras estrategias para conocer parecen sumergirse en un sueño mitológico.
Las explicaciones mitológicas sustituyen la consideración atenta y consciente de la realidad por una forma de relato en la que la simpatía con la historia narrada interpreta la realidad. Cuando creemos que tales explicaciones son exclusivo patrimonio de tiempos idos, es que no estamos viendo el mundo sino por el cristal de algunas formas de explicación del mismo en detrimento de otras.
Nosotros nos interesamos especialmente por un intento de explicación, por una asignación de sentido o por otras expresiones que podamos utilizar para definir lo que dice la Filosofía, la que bastante varía de acuerdo con las distintas corrientes que la integran. Ésta se diferenció prontamente del pensamiento mitológico, es más, puede decirse que tal separación es la que marca su nacimiento. Cabe preguntarse si tal separación alguna vez fue completa.
Pero al igual que en la mitología y en las ciencias, no existe una Verdad filosófica que haya podido sustentarse a lo largo de los siglos como permanente y unánimemente aceptada.
Tal variación de las opiniones fue prontamente constatada, y ya entre los griegos aparecieron quiénes sustentaban posiciones que hacían de la Verdad algo que no podía definirse en términos absolutos. No había una Verdad, sino que habrían afirmaciones relativas a aquellos que las afirmasen.
Protágoras afirma un relativismo en el que el hombre se constituye en “la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y de las que no son en tanto que no son”. Tal punto de vista no puede sino resultar muy razonable a quienquiera que rastree las constantes variaciones entre puntos de vista, y que no se sienta convencido de la primacía de uno de ellos.
Al afirmar al hombre como la unidad de medida universal, está también diciendo que el conocimiento, no puede valorarse sino en tanto que conocimiento que los hombres tienen, cuya medida es también una medida de dimensión humana.
Afirmación referida clásicamente como relativista, se emparenta directamente con el perspectivismo de Nietzsche o de Ortega en tiempos más recientes, autores que afirman la imposibilidad de un conocimiento “absoluto”, como aquél que otros autores ponen en nuestra mente por obra y gracia de la acción de una divinidad, o por formas de conocer que son dadas como infalibles. Por el contrario, todo conocimiento humano implica la posición del que conoce, la participación interesada y parcial de éste.
Aceptando como acepto que tal interés y parcialidad no pueden dejarse nunca de lado, uno podía preguntarse si no es entonces necesario para la Filosofía el considerar la manera en que las creencias de cada época constituyen el conocimiento en la sociedad en que se vive. Para quiénes creen en que el saber filosófico es una disputa entre argumentos, tal vez esto no parezca relevante, o parezca tema para otra disciplina. Pero quiénes creemos que es parte de la producción intelectual de una cierta sociedad, no podemos hacer la vista gorda ante tales circunstancias, ya que como tal formará parte de su naturaleza.
Así tendremos que considerar a la religión que inspiraba los esfuerzos de los pensadores cristianos en otros tiempos, o la fe en la ciencia –de la que las ciencias son inocentes– de tanto otro pensador más reciente. Esto tal vez sea bastante obvio. Pero creo que además es necesario entender a cada uno de ellos como el fruto de un cierto contexto, con precisas coordenadas económicas, culturales, con determinados equilibrios en el poder colectivo y en la forma que se ancla ese poder en los procesos privados de cada tiempo. La forma que se desarrolla el conocimiento en cada tiempo, no es ajena a esta discusión.
Cuando consideramos nuestro tiempo, podemos hallar distintas voces que informan claramente de sus pretensiones absolutistas. Existe para ellos una única Verdad, a la que intentan aplicar en una homogeneización lacerante. Pero no es este un tema que vaya a tratar aquí.
También en tiempo presente podemos oír distintas voces que reclaman relativismos varios, muchas veces teñidos con los colores de las reivindicaciones étnicas, de las diversidades sexuales, de las preocupaciones regionales. Lejos de mí el pretender que tales preocupaciones no sean relevantes, ni que no tengan –y deban tener– un lugar significativo. Otra cuestión que tampoco será del caso tratar es cuál es su ámbito de realización.
Pero en el tiempo en que vivimos tales reclamos son utilizados muchas veces por una cierta articulación colectiva que se autodenomina relativista, cuando en realidad lo que parece intentar, es borrar las delicadas determinaciones del intelecto.
Muchos miran hacia nuestra más moderna bestia mitológica, Internet, la “entre redes”, al “ancho mundo de la telaraña”, a esa composición que en sus nombres apela a la vastedad, a la herramienta de captura y a un maravilloso y pequeño animal de ocho patas. De diversas formas constituye una posibilidad maravillosa para compartir y difundir; para informarse y para organizar.
Pero la telaraña puede constituirse también en nuestro propio monstruo terrible, a la vez trampa y cazador.
En la imaginación literaria de H. P. Lovecraft, más allá del mundo, existen “otros dioses” de los que nos dice son ciegos, mudos, tenebrosos e idiotas. El mundo es circundado por el “caos reptante” al que llama Nyarlathotep. De alguna manera esto parece una metáfora premonitoria del peor uso de la Red.
El moderno usuario se limita a un mundo doméstico. Más allá de su terminal, de su familia y de sus relaciones locales, existe un “caos reptante” que lo vincula y lo aísla del resto del cibermundo. Este Nyarlathotep es la propia existencia física de la red, el conjunto de los nodos, las antenas inalámbricas, las líneas telefónicas, los cables de fibra óptica, los servidores, etcétera.
Y más allá, mantenidos a la distancia por esa red que separa y al separar pone en contacto, están los “otros dioses”, programas que como antes dijimos, son una simple fluencia numérica, que sin saber lo que hacen pero remedando inteligencia, nos brindan una información inabarcable.
Para culminar este capítulo mitológico, oigamos una descripción de ese Nyarlathotep del propio Lovecraft. “A las tierras de la civilización llegó Nyarlathotep, oscuro, estrecho, y siniestro, siempre comprando extraños instrumentos de vidrio y metal, y combinándolos en instrumentos aún más extraños. Habló mucho de las ciencias de la electricidad y la psicología y brindó exhibiciones de poder las que enviaron a sus espectadores de regreso sin palabras.” Es un fragmento del cuento que lleva por título “Nyarlathotep”, según lo intento traducir.
La semejanza entre la utilización de la técnica para producir algo que se manifiesta poderoso y sorprendente es notoria, algo que se viste con las pretensiones “de la ciencia”. Pero lo que más me sorprende es cómo tal manifestación deja a sus “espectadores” –usuarios–, “sin palabras”.
No pretendo que Lovecraft tuviese poderes adivinatorios, ni que estos textos tengan el don de decir lo que ocurriría cerca de 70 años tras su redacción. Los utilizo porque señalan muy bien esa pérdida de la realidad por una realidad imaginaria, que deja sin palabras, en el acto de hacerse real, saliendo de –y vuelvo a citar– “la oscuridad de veintisiete siglos”. Suficiente tiempo como para irnos “más allá” de Tales de Mileto.
Así la realidad de una pretensión de conocimiento que no es tal, que es una enumeración vacía, se presenta como modelo ejemplar de un cierto relativismo, que por el contrario es la negación de todo relato. Es la pérdida de la historia en una pesadillesca ciénaga de Zenón.
Como antes dije, la Red constituye una maravillosa oportunidad, pero para hacer uso de ella tenemos que contar con la voluntad y el conocimiento previo necesario para lograrlo. Si carecemos de ambos, el hiposujeto amaestrado por los medios de comunicación cae en la telaraña.
Cuando un orden asume una dimensión que no puede ser recorrida, entonces, ¿qué relación tiene eso con el hombre?. Entregados a las manos inhumanas de nuestra criatura, el conocimiento se hunde en medio de los datos amorfos.
Esta es la materia en la que se dispone buena parte del conocimiento humano en el presente. La reflexión sobre la misma puede incluir otras consideraciones que irían más allá del propósito de esta ponencia, cuyo fin es plantear esta mirada, intentando nombrar, dar significado, a una realidad que conspira contra el mismo.
Las cosas asumen medidas que puedo mencionar pero no nombrar, las cosas enuncian lo que no puedo pronunciar, las cosas reciben nombres de quién no ha de dar el nombre.
Un algoritmo decide mis perspectivas, nombrado a partir de la corrupción de la palabra de un niño de 9 años, quién murió hace ya más de dos décadas.
Este presunto relativismo moderno no es tal, sino el hundimiento del entendimiento en la anomia del número sin alma, ciego, mudo tenebroso e idiota.

El texto anterior corresponde a la ponencia que presenté en el Coloquio “Relativismo, una discusión impostergable” en Setiembre de 2005

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